Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Escuchando y leyendo los debates sobre los problemas del sector rural, he releído la historia de la cortísima vida del Partido Social Demócrata del Reino Unido, a comienzos de la década de los ochenta. Preocupados por el giro hacia la extrema izquierda, un grupo de 28 parlamentarios del Partido Laborista, liderados por la llamada “banda de los cuatro” (Roy Jenkins, Shirley Williams, David Owen y Bill Rodgers), fundaron ese partido que habría de fracasar. Las razones del fracaso fueron muchas, pero varios analistas argumentan que quien realmente los fulminó fue el sociólogo Ralf Dahrendorf, cuando, con una sola frase, pronosticó su desastre argumentando que lo que realmente añoraban era un mejor pasado para el Reino Unido. “They want a better yesterday” dijo.
Leyendo los acuerdos de La Habana y escuchando las opiniones de no pocos académicos, da la impresión de que, cuando se trata del sector rural, con las mejores intenciones muchos miran, no hacia el futuro, sino hacia el pasado. Y quieren mejorar ese pasado. De alguna manera, imaginan un tiempo pretérito idílico, poblado por la figura del “buen salvaje”, un campo lleno de campesinos nobles y sanos, alejados de la contaminación y corrupción de las ciudades y, por supuesto, de la economía de mercado.
Pocas expresiones ilustran mejor esta visión retardataria como la del analista que escribió “los campesinos lo que quieren es vivir y no acumular”. Quizá lo que quiso decir es que, en lugar de andar descalzos, tengan zapatos, en lugar de velas de cebo, tengan algunos bombillos, en lugar de sembrar para comerciar, lo hagan sólo para consumir. Pero no mucho más, porque acumular quiere decir ahorrar y si en el siglo XXI se les prohíbe a los campesinos ahorrar, no podrán tener ni nevera ni otros electrodomésticos, ni celular, ni internet, ni moto, ni universidad para los hijos y, mucho menos, tiempo libre para elaborar planes y autonomía individual para ponderar valores que le dan significado a la vida.
Este es un paternalismo equivocado y peligroso. Como equivocadas han sido muchas políticas estatales. Porque, en lugar de crear planes de alcance nacional y fortalecer las instituciones del sector, los gobiernos han canalizado recursos a través de cupos indicativos; en lugar de proveer y mejorar los bienes públicos, se dan subsidios a grupos específicos; en lugar de ser proactivos y tomar la iniciativa, se reacciona tarde y bajo la presión de paros y bloqueo de carreteras; en lugar de tener como referencia un mundo que está demandando una creciente oferta de alimentos, se mira sólo al minúsculo mercado nacional, que es equivalente a un barrio de Nueva York o de Chicago. En lugar de fortalecer una variedad muy grande de alimentos y frutas en los que Colombia tiene una genuina ventaja comparativa, se siguen produciendo los mismos productos de hace medio siglo, a los que sólo se ha agregado como novedad la hoja de coca, transformada en cocaína. En lugar de aprender de las exitosas experiencias agropecuarias de Perú y Brasil, se sigue creyendo que el modelo debe ser el de los años cincuenta y sesenta.
Como se ve, unos quieren mejorar un poquito el pasado y los otros mantener las políticas del pasado. Lo que no reconocen es que ese pasado fue atroz y, por eso, lo que hay que hacer es planear y construir un mejor futuro para el campo.