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Aunque parezca razonable alejarse del dolor y extraño acercarse, sólo cuando lo aceptamos se revela la inmensa fuerza que nos alienta, sólo cuando lo atendemos descubrimos que lo esencial es inalterable.
Al vivir una experiencia traumática, aquella que tiene el potencial de cambiar nuestro futuro, aquella donde el mal o el horror nos muestran su rostro, nos sentimos indefensos e impotentes. Lo usual al sentir un dolor tan intenso es evadirlo.
Si así lo hacemos, el padecimiento se congela desapareciendo de nuestra conciencia y entonces andamos por el mundo sin siquiera saber que estamos heridos, pretendiendo que lo ocurrido no tiene importancia o, peor aún, que ni siquiera pasó.
En estas condiciones nuestra existencia es funcional. Hacemos las tareas cotidianas, pero desconectados de nuestra esencia: parecemos autómatas. Para atravesar el dolor y renacer necesitamos una relación solidaria que nos devuelva la confianza en nosotros mismos y en el amor.
Por ejemplo, tanto un niño que ha sido expuesto a la violencia familiar como una niña que fue abusada y nadie le creyó se sienten abandonados e indefensos.
En principio, no tienen más alternativa que evadir sentir el dolor. Sin embargo, ese tormento congelado llegará a su cotidianidad adulta con distintas manifestaciones, haciendo que se asusten y se sometan cuando alguien se les acerca, sintiendo desconfianza permanentemente o incluso convirtiéndose en victimarios de otros.
Cuando encuentren una relación amorosa sana podrán revivir el dolor y, entonces, al recordar quiénes son verdaderamente, sanarán la herida.
Sucede que el trauma negado nos vuelve víctimas, el presente se convierte en una reedición del pasado infantil, estamos determinados por la propia historia, pues fuimos forzados a limitar nuestra identidad y nuestra definición de posibilidades que existían en el momento de la lesión.
Son iguales el miedo y la desconfianza para quien vive a la defensiva y listo para atacar como para quien se siente atrapado y sin posibilidades de afirmar sus derechos.
Como el miedo oscurece la conciencia de que somos libres, autónomos y creativos, de que nuestra esencia es inalterable, olvidamos el poder para reparar el daño. Somos más que nuestra historia, somos más que nuestros traumas, somos seres espirituales viviendo experiencias terrenales.
Sanar nuestras heridas y recuperar la dignidad, decidir que nuestro futuro no está en las manos del perpetrador que nos maltrató o abusó, está en las nuestras.
La gran victoria de quien actúa desde el mal y el horror es lograr que olvidemos quienes somos y nos convirtamos en víctimas sufridas por el resto de nuestras vidas. Su gran derrota es que, a pesar de todo, reconectemos nuestra esencia de guerreros valientes y de compañeros amorosos para construir un porvenir acorde con la intocable grandeza esencial.