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El profeta del bit

A sus 66 años de edad, este hombre símbolo de las nuevas tecnologías recorre el mundo hablando de las maravillas de la red.

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El holocausto nuclear fue el gran miedo de las generaciones que crecieron entre el final de la Segunda Guerra Mundial y principios de los noventa. Cuando las bombas cayeran todo sería luz y silencio, una blanca quietud que detendría el tiempo y la vida. Apenas unos segundos después vendría el estruendo y el fuego que consumiría todo, atravesaría paredes, edificios y carne. Al final sólo quedaría el polvo.

El mundo quedó en vilo mientras veía cómo las superpotencias se mostraban los dientes durante la segunda mitad del siglo pasado, esperando que ellos o los otros apretaran el botón que habría de acabar con todo. Mientras los medios se encargaban de preparar a los ciudadanos para el holocausto nuclear, un grupo de expertos en computadores trabajaba en proyectos secretos financiados por el Departamento de Defensa de EE.UU.

Uno de éstos consistía en inventar una solución para que los centros de defensa norteamericanos pudieran seguir comunicándose después de un ataque nuclear de los rusos. Los investigadores aceleraron el paso, pues el holocausto nuclear, el día del juicio final, como lo llamaría años después una película, estaba a punto de tocar a la puerta.

ARPANet nació como una red de cables que unían computadores de cuatro centros de investigación que sobrevivieron al poder desatado del átomo. La sigla, Advanced Research Proyects Agency, en inglés, hacía referencia a una agencia del Pentágono dedicada a proyectos de defensa y seguridad nacional. Según varios investigadores, el año oficial del nacimiento del ARPANet fue 1969. Para este momento, las universidades de Stanford, California, Santa Bárbara y Utah ya estaban conectadas.

Por esa época, Vinton Cerf y Robert Kahn diseñaban una especie de lenguaje electrónico para que una cantidad ilimitada de computadores pudieran comunicarse entre ellos y funcionar como una sola red, a través de un cable telefónico, de fibra óptica, un enlace satelital, etc. Este dialecto digital se conoce como el protocolo TCP/IP (Transfer Control Protocol, Internet Protocol, respectivamente), que luego se convirtió en uno de los pilares de lo que comenzó a conocerse al poco como tiempo como internet.

Cerf es ampliamente conocido como el papá de la red, aunque ésta también fue posible gracias al aporte de personajes como el mismo Kahn o Sir Tim Berners Lee. Como todo buen padre, Cerf ha dedicado su vida a trabajar para mantener a su hijo. Fue el primer presidente del InterNetworking Working Group, una organización establecida a finales de los setenta para crear protocolos en la red. Es, desde 2000, el presidente de la junta de Internet Corporation for Assigned Names and Numbers, la institución que organiza los dominios de los sitios web. Y desde 2005 forma parte de la nómina de Google, en donde, además del cargo de vicepresidente, el letrero en su puerta dice: “Evangelista de internet en jefe”.

Cerf, de 66 años, pasa buena parte del año montado en un avión pregonando la doctrina del bit y el electrón por todo el planeta, respondiendo las preguntas de periodistas, analistas, empresarios, industriales y en general todo aquel al que internet le ha cambiado la vida. Cerf es un tipo amable. De suaves maneras, parece más un lord británico que un genio de la computación. Con su vestido impecable de tres piezas y sus respuestas largas, pero bien argumentadas, Cerf provoca en el interlocutor una especie de familiaridad que suaviza la tensión de enfrentarse a uno de los grandes cerebros de la era moderna.

¿Qué sorprende a alguien que lleva más de 30 años trabajando con internet? “Creo que una de las cosas más fascinantes es la cantidad de información que la gente ha puesto a disposición de otros de forma gratuita”, contesta. Para Cerf, el solo hecho de que alguien pregunte y otra persona, probablemente a medio mundo de distancia, responda es un hecho que aún hoy lo maravilla.

Otra de las cosas que lo impacta es ver la cantidad de dispositivos que cada día se conectan a la red: lavadoras, sensores para la casa, neveras, entre muchos otros. Él mismo utiliza un servicio que se comunica con su teléfono para reportarle las condiciones de su cava personal de vinos. Sin embargo, cree que hay ciertos aspectos de la red que no resultan tan atractivos, como “saber que mi mejor amigo ha comprado crema para dientes”, algo que suena muy parecido al sistema de microblogging de Twitter, que tanta acogida está teniendo por estos días.

Vinton Cerf no sólo desempeña labores de este mundo, por decirlo de alguna forma. Desde 1998 es un colaborador del Jet Propulsión Lab de la Nasa, en California, el sitio desde donde parten los vehículos no tripulados que se encargan de escudriñar los rincones del universo. Desde ahí, trabaja en una especie de internet interplanetaria, una red de comunicación entre la Tierra y el espacio. Y hace menos de cinco años también ofrece sus servicios a Google, un trabajo que lo divierte, principalmente, porque “es una empresa llena de gente inteligente”.

En sus periplos por el mundo, dando cátedra acerca de las posibilidades de internet, se ha acostumbrado a que la gente lo trate como una estrella de rock y no como a un doctor en informática. A donde quiera que vaya las multitudes se esfuerzan por sacarse una foto con él, por tocarlo, por tener un poco de Vinton. Tiene una agenda apretada, cada media hora entra otro periodista, en dos horas tomará un avión y seguirá en su cruzada evangelizadora por el continente, el infinito y más allá.

 

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