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La foto y la película para entender Brasil

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En entrevista que tuvimos este martes, una misión del Comité de Protección de Periodistas, la organización de Nueva York que defiende la libertad de expresión, con la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, se vio que a diferencia de otros presidentes de izquierda en América Latina, a ella, que sufrió cárcel bajo la dictadura, la convicción de que la libertad de expresión es la savia de la democracia, le nace desde adentro.

Su gobierno empujó una ley de acceso a la información tan vanguardista que obliga a las dependencias del gobierno, incluso Defensa, a que publiquen anualmente una lista de los documentos secretos que produzcan, indicando el tema y la fecha en que se levanta la reserva. Impulsó también el Marco Civil, la creación participativa de una legislación de Internet favorable a la libertad de expresión.

No es que en Brasil la foto sea perfecta. Asesinan periodistas —van 10 durante este período de gobierno—; militantes de izquierda tildan a la prensa independiente de ser amiga de la derecha golpista (Pigi); jueces han censurado notas periodísticas antes de que se publiquen; y manifestantes desencantados y la fuerza pública asediaron por parejo a los periodistas que cubrían las últimas protestas populares.

Pero la película de lo que se ha mejorado trae esperanza. Según CPJ, ha habido más condenas a los autores de crímenes contra periodistas que estaban en la impunidad. Además, el gobierno busca caminos para bajar el riesgo de los periodistas que cubran temas espinosos, como las próximas manifestaciones en el Mundial de Fútbol.

Con una satisfacción que le brotaba por los poros, Dilma pasó de hablar de libertades a las cifras del combate a la pobreza. En los 11 años de gobierno del Partido de los Trabajadores, 42 millones de habitantes que eran pobres, ahora reciben ingresos de clase media; nueve millones de ellos tienen rentas de ricos. Casi 70 millones de brasileros que no montaban en avión comenzaron a hacerlo. La desigualdad ha venido bajando sistemáticamente. Al 10 por ciento más pobre se le creció el ingreso real por cabeza en un 206 por ciento, aun con un desempeño económico regular en los últimos tres años. En este mismo período flojo, la población afro, las mujeres y los que tienen poco estudio subieron sus ingresos más que el promedio de los brasileros.

Fue Marcelo Neri, ministro de Asuntos Estratégicos, quien usó la metáfora de la foto y la película para la situación social del Brasil. Como en libertad de prensa, el retrato social es problemático. El gobierno no ha ampliado los servicios con celeridad y ha habido corrupción. Millones de nuevos y viejos usuarios comparten incómodos vías, buses, aeropuertos, acueductos, hospitales, escuelas. De ahí viene el descontento. La gente exige “patrón FIFA” en salud, educación, etc.; es decir, reclaman el mismo criterio de gasto y excelencia, que la Federación pidió para el mundial, para mejorar su calidad de vida.

Pero la película –un crecimiento económico beneficiando sobre todo a los marginados– es emocionante y ya da resultados duraderos. De un 41 por ciento de los municipios del Brasil con un Índice de Desarrollo Humano “muy bajo” en 2002, pasaron a ser sólo el 0,6 por ciento, en 2010.

Neri se fue a trabajar con Roussef cuando le escuchó que enfilaría su gobierno tras la meta de derrotar la pobreza; que no quedaran niños en Brasil sin desarrollar su potencial humano. “Fue música para mis oídos”, dijo. Es también música para los nuestros: elegir un gobierno que se obsesione con dos objetivos que se nutren mutuamente: crecer para incluir a todos y hacerlo garantizando la libertad de expresión.

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