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Becker Etcétera

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Suele suceder que el gusto literario atraviesa etapas. Al principio, uno va cambiando sus autores favoritos como quien se muda una camisa.

Pasa el tiempo y unos se van atrincherando más que otros en los complejos recovecos de la personalidad que al mismo tiempo están definiendo y habitando. Es cuando uno se sorprende por primera vez inmerso, no siempre de manera deliberada, en la re-lectura, que es uno de los actos más íntimos y placenteros que uno puede hacer en la vida.

Gary Becker, fallecido en estos días, no fue literato sino economista, y es de esos autores que uno relee porque fascinan al punto que uno hasta cree que tanta idea fascinante, tanto símil inédito, tanta metáfora hilvanada, tiene que ser medio mamadera de gallo. La economía no puede ser tan apasionante, simple y llanamente. En un libro que él mismo calificó como su obra más trabajada y difícil, Un Tratado Sobre la Familia, tiene capítulos titulados, por ejemplo, “La demanda por hijos” en el cual analiza los costos y beneficios que tiene procrear y explica, muy convincentemente, por que la tasa de fertilidad baja tanto con el progreso económico.  En “Poligamia y Monogamia en los mercados matrimoniales” muestra como si la riqueza del hombre polígamo sube 10%, su demanda por esposas también sube 10%. En “Apareamiento Concordante en Mercados Matrimoniales” muestra cómo en un mercado matrimonial eficiente los hombres de calidad alta se aparean con las mujeres de calidad alta, lo cual equivale a una poligamia implícita, mientras los hombres de calidad baja lo hacen con mujeres de calidad baja.

El  Tratado Sobre la Familia se publicó en 1981 y un año más tarde, cuando inicié mis estudios doctorales en Estados Unidos, era furor entre los profesores jóvenes. Claramente, una primera lectura me produjo la obvia urticaria que afectaría a cualquier muchacho recién desempacado de un Chapinero con mucho de Tibet y poco de exigencia. Pero fue siendo cada vez más claro que, por controversiales y antipáticos que lucieran los enunciados y por simplistas que aparecieran los modelos analíticos que usaba, lo cierto es que resultaba muy difícil, imposible incluso, desconocer la potencia fulminante de las ideas que esgrimía en cada página.

El tránsito de un prejuicio inicial, de una ignorancia algo altanera, a la rendición absoluta ante la lógica implacable de los argumentos, ese baldado refrescante de humildad en agua fría, es la esencia de toda formación educativa, de todo capital humano. En mi caso, buena parte del agua fría se la debo al profesor Becker.

Pero mas allá de sus aportes académicos, que lo hicieron merecedor del Premio Nobel, creo que Becker innovó también en la arena movediza y frecuentemente espesa del debate público, a través de sus columnas de opinión y, posteriormente, de un influyente Blog. Y digo que innovó porque logró hacer dos cosas que hasta él, con excepciones, no se hacían muy bien. La primera, ser provocador, en el buen sentido de la palabra. Es decir, plantear temas muy polémicos, de esos en los que la tal sabiduría convencional está medularmente enquistada y dar opiniones, usualmente tildadas de extremistas por las almas nobles, sin tapujos. Segundo, Becker siempre respaldó sus puntos de vista editoriales no solo con argumentos fuertes, coherentes y claros, sino también con cifras fáciles de entender y muy claramente presentadas.

Mucho bien le haría a nuestro debate público, tan fértil en adjetivos y tan carente de sustantivos interesantes, una discusión de las columnas de Becker sobre temas relevantes en Colombia como la política antidrogas, que apoya las conclusiones del magnífico estudio reciente del grupo de expertos del LSE en el marco del cual Daniel Mejia y Pascual Restrepo explican por qué el prohibicionismo equivale a una transferencia de costos de los países consumidores a los productores y comercializadores. O la política de salud, donde defiende la actividad privada, es decir el animo de lucro, como actor central y propone desvincular el aseguramiento respecto de la nómina. O la tributación del capital, donde plantea que entre más alto el impuesto, mas lo terminan pagando los trabajadores por la vía de menores salarios y donde defiende tasas de impuesto al capital cercanas a cero a largo plazo. Y así, una cadena interminable de fascinantes etcéteras.               

@CarrasqAl  

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