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Por nuestra gastronomía: agricultura urbana

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El Transmilenio deja a Fernando, joven agricultor urbano, en la estación de San Mateo; de allí toma el colectivo hasta su destino, a las afueras de Soacha.

Los primeros rayos matutinos lo encuentran encorvado sobre los surcos en los que ya despuntan los primeros brotes de verdor. En la terraza de uno de los muchos conjuntos de edificios de vivienda de interés social que por allí pululan, Fernando se esmera en cuidar aquella huerta que en un tiempo suplirá parte de las necesidades alimentarias de los habitantes del conjunto.

No ha pasado un año y ya se levanta de nuevo el rumor inconforme de los campos.

Se veía venir. En un momento en el cual las discusiones y debates acerca de la comida y su futuro se hacen cada vez más urgentes alrededor del mundo y en el que la palabra “cultura” se vuelve a asociar con “agricultura”, la voz de nuestros campos se ha de escuchar con el respeto y la seriedad que hasta ahora no le ha prodigado la oficialidad. De nuestros campos vienen nuestros dichos, nuestros mitos y buena parte de nuestra música; al campo le debemos nuestra literatura más reconocida y los paisajes campesinos están tatuados en nuestros espíritus como los aromas y sabores de nuestra niñez. Y aunque aún hay quienes asumen en Bogotá y otras ciudades que el campo es una realidad paralela y rústica, alejadísima de sus verdades y frente a la cual se puede especular irresponsablemente, en los últimos tiempos, jóvenes conscientes —como Fernando—, cada vez mejor informados, han ido convirtiéndose en agricultores urbanos, consolidando un movimiento agrícola que crece sin cesar y que se ha asumido como puente e interlocutor entre campo y ciudad.

Fernando Támara es, pues, un campesino. Alguien quien aún contando con una crianza y educación privilegiadas ha asumido deliberadamente dicha identidad.

Ingeniero agrónomo de Zamorano, prestigiosa universidad agraria, Fernando tiene claro que, tanto en sus negocios como en la vida que eligió, ha de ser responsable con las personas, con los saberes, con la naturaleza: pero, sobre todo, él sabe que debe asumirse como puente, como traductor entre el pasado y el futuro, entre la tradición y la innovación, y que su éxito no puede estar cimentado tan sólo en su propio provecho, sin importar la suerte de otros.

Los domingos no es raro encontrar a Fernando, Julieta y Toti, su pequeña, ayudando a doña Rosita en la increíble huerta de su casa en el barrio de la Perseverancia en Bogotá. Famosa campesina urbana, doña Rosita conoce las plantas, la tierra, el manejo de desechos y los ciclos agrarios como pocos. Pero está sola y, aunque trabaja por veinte, de cuando en vez viene bien una mano. Fernando y su familia la ayudan en lo que pueden y aprenden poco a poco las sutilezas, los conjuros y los saberes de esta hechicera de la tierra, en el corazón de una ciudad de más de ocho millones de almas que por fin está aprendiendo a escuchar a los vecinos del campo asumiéndose como uno de ellos; porque entre esos millones día a día surgen personas como Fernando conscientes de sus responsabilidades comunales entendidas y asumidas como pilares de su propio futuro.

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