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En un país cuestionado por su carencia de lectura, este derrame anual de versos y prosa, de editoriales y libreros, de escritores, artistas y lectores, se convierte en un oasis en el desierto.

Criticar las deficiencias de nuestra educación está de moda en ciertos círculos académicos. Nos encanta hablar de la ignorancia del colombiano promedio. Cuando nos encontramos con encuestas que dicen que no alcanzamos a leer ni dos libros al año, nos regodeamos ‘cuestionando’ lo miserables que son esos, los del promedio. Escribimos trinos y estados en Facebook que expresan mucho inconformismo, como si eso fuese valiente, o como si la culpa de la carencia de lectura la tuvieran quienes no leen y no, quienes con acceso a la lectura, no hacen nada por ayudar a masificarla.

La Feria del Libro es un escenario que acerca los libros a lectores potenciales. Es una miscelánea de estilos narrativos, géneros, empresas. Mientras la tendencia a lo digital cada vez es más grande, la Feria emerge en pleno 2014 con todo su anacronismo; parece sacada de un momento anterior al nuestro: un visitante que intercambia sin recelo sus libros por otros en El Cambalache, un lector que persigue el autógrafo de su autor favorito, un escritor que da un discurso político, un periódico que busca suscriptores, un niño que lee Cien años de soledad en voz alta.

Y aunque la gente se queja por los pasillos de la imposibilidad de caminar en paz, de la escasez de espacios para sentarse a hojear un libro recién comprado o para intercambiar puntos de vista con otros lectores, la Feria sigue recibiendo cientos de visitantes día tras día. Podría pensarse que la monotonía estructural y alguna veces temática opaca el romanticismo y convierte el oasis en un nuevo escenario para el caos capitalino. Incluso, las obras literarias lucen perdidas en el ruido. Pero la Feria desafía los obituarios que muchos le han escrito a la industria editorial colombiana. Se muestra oronda con su variedad de títulos y firmas, con sus nuevos creadores, y con todas las nuevas formas posibles de contar, de narrar. La Feria dice que el libro en papel resiste y que existe quien lo lea. Y sobre todo, es una invitación a seguir creando, a construir historias. 

*Mariángela Urbina C.

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