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Los colombianos tenemos una sorprendente vocación de encerrarnos en el pasado. En su reciente artículo “Cambio de paradigma” (abril 27/14), el columnista de El Tiempo Gabriel Silva afirma: “… no hemos podido liberarnos del síndrome del ‘Tíbet de Suramérica’, como llamara Alfonso López Michelsen esa propensión tan nuestra de pensar que lo que ocurre en el mundo es algo remoto y distante. En otras épocas, esa indiferencia hacia la dinámica internacional tenía pocas consecuencias. Un país cerrado y poco conectado con el exterior podía, quizás, darse el lujo de un aislacionismo obtuso… Los intereses nacionales hoy se despliegan, se realizan o se frustran, en gran medida, dependiendo de lo que ocurra en el contexto externo”.
Pero no sólo es respecto a la globalización que mostramos enorme miopía. La inteligente María Isabel Rueda (El Tiempo, abril 26/14) se viene lanza en ristre contra Enrique Peñalosa, a quien acusa de ser un candidato con ideas urbanas por haber afirmado, entre otras, que “el sitio natural para el ser humano es la ciudad”. María Isabel afirma: “Aunque sólo el 30 por ciento de los colombianos vive en el campo, nuestro más largo conflicto político viene de una disputa agraria. Por lo tanto, la pregunta es pertinente: ¿se puede gobernar este país con visión de alcalde capitalino? ¿Le conviene a este país de vocación tan agraria un candidato que no digiere el campo?… Pero en el campo colombiano no sólo está depositada la mayor esperanza alimentaria de las futuras generaciones, sino el origen de muchos de los peores problemas del país actual. Allí se conjugan los cultivos ilegales que derivan en la industria del narcotráfico, con la complicidad de la guerrilla y del paramilitarismo. Coctel fatal que produce la injusta e inmanejable migración violenta del campo a la ciudad y la costosa ñapa de las culturas mafiosas y traquetas que disparan la inseguridad de las capitales colombianas. Y hasta ahora, las ideas de Peñalosa para el campo no las conocemos, o están resumidas en una guanábana y un variado recetario para el manejo de su pulpa”.
Este columnista afirmaba, en reciente artículo, que Colombia en las últimas seis décadas ha dado un significativo viraje demográfico: de ser eminentemente rural, hoy en día entre el 74 y el 80 por ciento de los colombianos viven en centros urbanos. Hay varios factores que han incidido en este fenómeno: por una parte están las migraciones voluntarias a las ciudades, acompañadas en ciertos lugares con desplazamientos forzosos. No se puede descartar tampoco la influencia de políticas estatales que promulgaban la creación masiva de empleo en las ciudades. Moisés Naím, en su excelente ensayo El fin del poder (Debate, 2013), afirma que la revolución de la movilidad que más ha transformado el poder es la urbanización: “Las migraciones internas, y especialmente la urbanización, alteran la distribución del poder dentro del país tanto o más de lo que hacen las migraciones entre países”.
Finalmente, lo importante no es que hoy en el sector rural (no confundir con el campo) esté el 20 o el 30 por ciento de la población. Lo verdaderamente importante son las tendencias, y para 2030 el 90 por ciento del país va a ser urbano. Lo que los colombianos tenemos que entender es que los grandes retos nacionales: generación de empleo de calidad, principalmente en el sector servicios, prestación de salud, suministro de vivienda, acceso a educación y la preservación del medio ambiente están en las ciudades y no en el campo. Estigmatizar a aquellos que pronostican un futuro predominantemente urbano es un error.