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Lo exquisito

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Cada tanto hay que volver a la belleza de hablarle al sol; cada tanto hay que aceptar la derrota y reírse con lo inoportuno; cada tanto hay que escuchar el mar y ser una pausa en el movimiento para abrazar el agua, el viento y la luna, porque sin darse el respiro para ver lo inmenso, toda vida se hace inclemente.

Y cada tanto también hay que asumir lo incómodo y escudriñar la incertidumbre; salirse de los zapatos y aceptar las incongruencias, la inadecuación o al exnovio cuando se pavonea con otra. Muy a menudo hay que cambiar de colchón y de pareja o gruñir cuando los otros se apoderan de los éxitos propios. Cada tanto hay que enfrentar el dolor del abandono, del rechazo y del insulto y, a diario, hay que desesperarse con lo inaceptable de la exclusión, el hambre y el genocidio; hay que ver la vergüenza y la infamia para atreverse a los reclamos con rabia. Pero cada tanto, y cada vez más a menudo, hay que ir detrás del telón, permanecer en lo esencial, ver la idea detrás de la idea, los sentidos detrás de las sensaciones, las intenciones detrás de las palabras. Hay que observar el automático y salir del sistema. Fácil.

Y más allá de los rituales, de las liturgias, los dogmas y de toda fe, es en la respiración donde encontramos el no sé qué del misterio vital, la insurrección profunda, el momento diferente, el indicio de lo sublime o la pista de lo magnífico para que, en un solo segundo, se revele todo lo exquisito. Es en la respiración, en la propia, en la única, donde la vida puede ser vivida y donde se exhibe, se ríe, se asombra, se encoge. Es en esa maravillosa respiración donde decidimos el destino, bien porque nos habita el deseo, el rencor o el anhelo o bien porque es donde nos vemos y nos desconocemos en miedos, ambiciones y culpas. Es en la respiración donde sabemos cuándo y cómo empezamos, pero también cuándo terminamos.

Cada respiro nos atrapa y automatiza o nos obliga a volver en nosotros y a abrir las puertas de una vida que hemos ignorado y pateado por perseguir los maniquíes. Respirar es vida. Es la vida. Obvio. Y tan obvio es que cuando buscamos esa simple inhalación consciente, se abre el cielo, nace un arcoíris y se nos pega la libertad. Más que eso, pintamos de colores las células para convertirlas en todo lo exquisito del paraíso recuperado.

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