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El drama electoral de Estados Unidos está lejos de llegar a su final. En primer lugar, la victoria del demócrata Joe Biden aún no es oficial. Para que así sea, los 50 estados del país más el Distrito de Columbia deben certificar los resultados de las urnas. Esto se hace luego de revisar las papeletas en disputa y de realizar una auditoría postelectoral para verificar que no hayan errores en el conteo.
Esta certificación se realiza con un plazo máximo fijado para el 8 de diciembre, al que se le cataloga como el “límite del puerto seguro”. Es decir, el plazo vence este martes. Entre el día de las elecciones, 3 de noviembre, y el 8 de diciembre se establece un periodo para recibir las demandas de los candidatos y en el que también se realizan los reconteos de votos, de ser necesarios.
Después de la certificación -el proceso que termina el martes- los representantes electorales de cada estado se reunirán en el Colegio Electoral para emitir un voto final. Esto es lo importante, pero para entenderlo mejor hay que retroceder un poco y aclarar el rol de los electores.
Antes de las elecciones generales, los partidos políticos de cada estado designan una lista de personas, a los que llamamos electores, en una votación del comité central de cada partido.
Ahora, para ser extremadamente precisos, en las pasadas elecciones los estadounidenses no votaron por cuál candidato debería ser presidente, sino que votaron para seleccionar a los electores de sus respectivos estados.
Estas personas, cuyos nombres pueden o no aparecer en la boleta electoral dependiendo de las normas de cada estado, son los encargados de emitir un voto final en el Colegio Electoral por Joe Biden o por Donald Trump. Ese voto es el que importa en realidad, pues es el que define en última instancia al ganador de las elecciones y al próximo presidente de la nación.
En resumen: los ciudadanos estadounidenses votan por una persona, es decir, un elector, que es el encargado de votar en representación de ellos en el Colegio Electoral, el cual se reúne el 14 de diciembre. Este elector es elegido por el partido del candidato presidencial que consiguió la victoria en el voto popular en cada estado. Lo que nos indica que ese elector se compromete a votar en el Colegio Electoral según lo que demandó la mayoría de la población en su estado.
Pero pongamos un ejemplo, pues así es más fácil entenderlo: en el estado de Wisconsin, Joe Biden fue el candidato con más votos. Pero lo que en realidad eligió la ciudadanía no fue a Biden, sino la lista de electores demócratas (10 en total) que los representarán ante el Colegio Electoral. Como la mayoría de la ciudadanía votó por Biden, los electores se comprometen con la ciudadanía a votar por ese candidato en el Colegio Electoral. Esos 10 votos de los electores de Wisconsin se sumarán a los otros 296 votos de los electores de los estados en los que Biden también venció. En total, recordemos, hay 538 electores. Y el candidato que logre 270 votos será el presidente. Biden superó esa barrera y por eso será el próximo presidente de los estadounidenses.
Este proceso con los electores es enredado, por supuesto. Y en tiempos normales habría sido considerado como una mera formalidad. Sin embargo, en la era de Donald Trump ha adquirido especial relevancia. Y es porque el republicano, que continúa negándose a reconocer su derrota, ha presionado a los electores de varios estados para que le sean infieles a la población y que en lugar de votar por el candidato demócrata que ganó en las urnas voten por él.
Un ejemplo: Trump llamó a los legisladores republicanos en Míchigan, uno de los 29 estados en los que hay una legislatura de mayoría republicana, para que seleccionen a un grupo de electores que vote por él en el Colegio Electoral. Es decir, que la legislatura estatal se salte el proceso democrático de nombrar a los electores de acuerdo con lo que eligió el pueblo en las urnas, y en lugar de ello nombre a un grupo que vote por el presidente Trump. Con esta estrategia, el republicano esperaba reversar la victoria de Biden, quien le ganó por casi 150.000 votos en este estado. Y de esa manera esperaba continuar en la Casa Blanca.
Para fortuna de la democracia, la mayoría de los estados ya certificaron sus votos e hicieron caso omiso a las amenazas y a la presión del presidente Trump. Joe Biden ya cuenta con los votos necesarios para ser presidente. Solo le resta esperar a que los electores se reúnen en el Colegio Electoral el próximo 14 de diciembre y emitan sus votos por él. Después de esto, el Congreso se reunirá el 6 de enero de 2021 y contará los votos emitidos. Luego de estos dos procesos podremos decir que Joe Biden es oficialmente, ya sin ninguna duda, el presidente electo de los Estados Unidos. El 20 de enero será su posesión y tomará juramento.
Pero hay una segunda cuestión que mantiene las elecciones generales vivas. Los dos escaños del Senado que posee Georgia están en disputa porque en las elecciones generales ninguno de los candidatos logró superar la barrera del 50 % de los votos. Por eso, el 5 de enero de 2021 se realizará una segunda vuelta entre los candidatos republicanos y demócratas más votados. Y esto es de vital importancia para el país.
Ahora mismo, el Senado está compuesto por 50 senadores republicanos y 46 demócratas, más dos independientes que se suman a los liberales. Si los demócratas consiguen las dos sillas de Georgia, el Senado verá un empate entre votos de legisladores republicanos y demócratas. En ese escenario, la vicepresidente electa, Kamala Harris, entraría a romper los empates en votaciones decisivas sobre proyectos de ley.
Así que la campaña por las elecciones continúa viva. El gran problema para los republicanos es que la estrategia de Trump parece ahuyentar a los votantes conservadores de las urnas, mientras que la victoria de Biden en Georgia parece haber alentado a los liberales a votar en masa. En caso de perder las dos sillas de este estado y la mayoría en el Senado, los republicanos se quedarían sin el control del Ejecutivo y del Legislativo. Y Trump sería el responsable de este fracaso.
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