Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Nunca antes las FARC habían logrado tanto como con este gobierno”, dijo el general Hárold Bedoya en la reunión de los 200 militares retirados, el pasado lunes 21 de abril, en la que fueron a darle un espaldarazo al candidato presidencial del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga.
Y después habló de que su gesto era en favor de la “libertad y la justicia” y en contra de que se siguiera “hiriendo el alma de los soldados y los colombianos” en los diálogos de La Habana.
El miércoles siguiente, el general retirado y excomandante del Ejército Jorge Mora Rangel, parado firme a la derecha del jefe negociador del gobierno Santos, Humberto de la Calle, dijo que le consta que ni la misión, ni el tamaño, ni ningún otro tema referente a la fuerza pública hacen parte de la discusión en Cuba.
Son dos las mentiras de este episodio. La primera es eso de que la campaña uribista está a favor de la “justicia y de la libertad”. No veo cómo predicar la continuación de una guerra profundamente injusta sea rendirle tributo a la justicia. Es una guerra que se ha peleado sobre todo contra la población civil pobre. Una campaña a favor de la libertad y la justicia solo podría querer que cesen cuanto antes el sufrimiento de los más vulnerables, los confinamientos y las tiranías del conflicto.
La segunda frase increíble, viniendo de la boca de un general, es asegurar que la gente —soldados y colombianos— sale más herida del alma de conversar que de matarse. Son los bombazos que estallan encima de viviendas en el campo en el Cauca lo que les hiere el alma y el cuerpo a colombianos de carne y hueso; son las minas antipersonas que dejan sin piernas a los soldados, lo que les mata el alma. Entonces, a quienes angustia la paz es a los que temen que ésta haga brotar la mugre de cómo se ha peleado esta guerra. Ha habido descomposición, connivencia estratégica con el narcotráfico, pérdida de humanidad, no solamente entre los guerrilleros, sino también entre los militares y policías. Un conflicto de medio siglo, atravesado por lucrativas actividades criminales, afectaría aun al más noble de los ejércitos.
Hubo además una media verdad que dijo el general Mora. Es obvio que en La Habana no se haya discutido explícitamente la misión de la fuerza pública, ni si debe reducirse el pie de fuerza. Los rumores que circulan al respecto denotan torpeza. No hay un gobierno que llegue a someter a su propia fuerza pública aún en pie de guerra a la humillación de permitir que sea el enemigo quien le trace su futuro. Eso sólo sucedería con un ejército derrotado, que no es el caso.
Sin embargo, Mora y el gobierno saben que lo que tiene nerviosos a algunos militares retirados y activos no es que se esté entregando a escondidas su dignidad en esa mesa. Ellos saben que no es así. Lo que quieren impedir —al igual que el expresidente Uribe— es la firma misma de la paz, porque adivinan que después será inevitable mirarse al espejo.
Tendrán que revisar críticamente los errores de su institución, deshacerse de los vestigios de la vieja ideología de la Guerra Fría que los llevó a ver en demasiadas ocasiones como enemigos a los mejores amigos del Estado de Derecho, aquellos líderes sociales que empujan el cambio sin armas. Y tendrán que buscarle un norte nuevo, una misión en el nuevo contexto, pues, sin guerrilla, la que hoy es su principal misión, dejará de existir.