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En sus columnas en Semana y El Espectador, María Jimena Duzán y María Elvira Samper critican la renuencia de quienes lideran las encuestas de opinión sobre las próximas elecciones presidenciales a participar en debates televisados.
Señalan que su ausencia ilustra una degradación mayúscula de la democracia en Colombia, ya que reduce el proceso electoral a eslóganes trillados y vacíos, y a los ciudadanos a espectadores pasivos. Aunque tal vez no existe país en donde las reglas electorales exigen que haya debates entre los candidatos que aspiran a cargos de liderazgo de elección popular, aquéllos se han convertido en una práctica común y generalizada, inclusive en contextos no democráticos.
Mucha tinta se ha gastado en el análisis del famoso debate entre Richard Nixon y John F. Kennedy del 26 de septiembre de 1960, en el que la apariencia enfermiza y calculadora del primero, y radiante, calmada y segura del segundo fue determinante en los resultados de la campaña presidencial. Más allá de asegurar la elección de JFK, ese fue —junto con los otros tres “grandes debates” realizados ese año— un hecho que alteró el papel de los medios en las contiendas electorales, así como la relación entre los ciudadanos y la política, tanto en Estados Unidos como en el resto del globo.
Mientras para finales de los setenta unos diez países (entre ellos Alemania, Finlandia, Italia y Japón) habían adoptado los debates televisados de forma habitual, al terminar los noventa éstos se habían incorporado en más de 35, llegando a constituirse en la década pasada en norma en la mayor parte de las democracias en el mundo.
A diferencia de otras formas mediáticas de cubrir la política, los debates en televisión brindan una oportunidad singular para apreciar las opiniones no mediadas de los candidatos, sus habilidades de análisis y discusión, así como sus diferencias y fortalezas comparativas. Al cobijar a audiencias masivas, no sólo ayudan a los ciudadanos a decidir si van a votar y para quiénes, sino que incentivan discusiones políticas posteriores que mejoran la cultura democrática.
En Gran Bretaña, una de las últimas democracias en ensayar con debates televisados en 2010, varios estudios apuntan a su impacto sísmico sobre el proceso electoral. Además de ser vistos por dos tercios de los votantes, se volvieron tema de conversación cotidiana y provocaron una mayor votación de los jóvenes. Su introducción reciente en Afganistán, Egipto y Kenia —pese a los múltiples problemas que aún enfrentan los tres— ha sido calificada como paso fundamental en el tránsito hacia la democratización, ya que ha exigido que distintos candidatos discutan públicamente, ante millones de televidentes, temas sensibles de la vida nacional. Incluso en Irán, los debates se han convertido en una necesidad política del régimen para reducir la apatía de la población ante las elecciones presidenciales, con implicaciones lentas pero palpables para la apertura política de ese país.
Lo que más desconcierta en el contexto colombiano no es el silencio de los políticos, sino el de los medios y la ciudadanía ante una práctica internacional estándar. Dice mucho sobre la calidad de la democracia que mientras aquí nuestros candidatos se nieguen a aparecer juntos en televisión, los afganos han reconocido incluso la necesidad de debatir sobre la negociación de paz con los talibanes.