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Miedo, soberbia, dificultades de comunicación, menosprecio por la gente o todos los anteriores, pueden explicar la ausencia del presidente-candidato Santos y del exalcalde Peñalosa en los debates a los que han sido invitados.
La pregunta es si los posibles contendores de la segunda vuelta presidencial —según algunas encuestas— se negarán a participar en los debates por TV que organizan los grandes medios.
Desde cuando en 1960 se hizo en EE.UU. el primer enfrentamiento presidencial en TV —Kennedy vs. Nixon—, los debates fueron desplazando a la plaza pública y a los periódicos como epicentro de las decisiones estratégicas, y se convirtieron en parte de la dinámica electoral, en el momento climático de las campañas y el medio más eficiente para que los aspirantes expongan sus propuestas en vivo y en directo para una audiencia masiva.
No son los spots publicitarios o las intervenciones en solitario en recintos de poco aforo y audiencias especializadas, los medios más convenientes para la discusión de propuestas de gobierno, porque no permiten la confrontación directa. Y si bien los debates por TV no son realmente tales porque sus rígidos formatos obligan a reducir los contenidos a sus mínimos e impiden discusiones de fondo, de todo modos sirven para conocer las posiciones de los candidatos en asuntos claves que hacen la diferencia, para medir su capacidad de comunicación y reacción a preguntas imprevistas, y para conocer su talante en momentos de tensión.
Los debates son a la vez una oportunidad y un riesgo, pero ante todo —creo yo— un deber con los ciudadanos que, en especial durante la campaña, requieren mayor información sobre aquellos cuyas decisiones pueden afectar sus vidas. Si tienen o no consecuencias electorales o cambian la intención de voto, me parece de importancia menor, aunque es lo fundamental para los candidatos y sus asesores que se mueven por cálculo político. Por eso, a mayor ventaja de un candidato sobre sus rivales, menor la posibilidad de que participe en un debate que puede tener un alto costo a cambio de muy poco. Al contrario, para quienes van atrás y sobre todo si van muy atrás, el debate es una oportunidad: pierden poco y pueden ganar mucho. Y también son una oportunidad para que los aspirantes con un aparato pequeño y menor capacidad económica para la campaña y la propaganda puedan exponer sus propuestas en horario triple A.
Es muy posible, entonces, que Santos no asista a los debates, pues aunque no le va muy bien en las encuestas, al fin y al cabo las encabeza y cuenta con las ventajas que le dan el cargo y la permanente exposición en medios. Sus asesores le dirán que debatir lo expone en forma innecesaria. La mismo hizo Uribe en las elecciones de 2006: rehusó debatir con Horacio Serpa y Carlos Gaviria, pero se despachaba solo y a sus anchas en los medios. La diferencia frente a Santos —a quien los uribistas le cobran con saña lo que no le han cobrado al caudillo— es que éste gozaba de gran popularidad y su reelección contaba con amplio respaldo. En cuanto a Peñalosa, recién llegado a la contienda y de quien aún se desconoce el programa de gobierno, imposible rehuir los debates. Tendría para él un alto costo político.
Los debates por TV son positivos, pues aunque en ellos tiende a prevalecer la forma sobre el fondo, de alguna forma contribuyen a dinamizar la discusión pública. Además, los análisis posteriores en los medios y columnas de opinión amplían el debate. En países con democracias más maduras, no participar cuesta más que hacerlo, así le vaya mal a un candidato. Si con el voto somos los ciudadanos los que decidimos, por eso y para eso son importantes los debates. Deberíamos exigir que todos los candidatos participen.