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García Márquez: «Para volver a empezar»

Santiago Gamboa
18 de abril de 2014 – 08:01 p. m.

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No es una hipérbole decir que García Márquez fue el último gigante del siglo XX, un tipo de escritor que no parece que pueda volver a existir, pues además del valor literario su obra sumó dos cosas muy difíciles de conciliar, a saber, un éxito desmedido entre los lectores y, al tiempo, la admiración total del establecimiento culto.

La celebridad, en nuestros días, suele tener dos caras: o libros que venden millones de ejemplares pero desdeñados por la crítica y la academia, o libros considerados cultos pero que sobreviven en pequeñas ediciones. García Márquez, en cambio, tuvo algo así como las ventas de la trilogía Cincuenta sombras de Grey, con la admiración y el culto de Foster Wallace. Y esto multiplicado por 50 idiomas. Pero su consenso fue mucho más allá: les gustaba a los de derecha y a los de izquierda; a católicos, judíos y musulmanes, a ortodoxos e hinduistas y a ateos rabiosos. Les gustaba a jóvenes y viejos, y provocaba emoción en todas las culturas. Fue, junto a Pablo Neruda, el escritor más famoso y querido del mundo, y a nivel planetario, tras la muerte de Nelson Mandela, el último de los personajes grandes, esos extraños seres cuyo duelo no es nacional ni internacional, sino plenamente universal.

Su persona también fue arrolladora. ¿Cómo pudo, si no, un joven de Aracataca como él, de clase apenas media (o de clase baja alta) ganarse el corazón de la oligarquía de Barranquilla, en La Cueva, empezando por Álvaro Cepeda Samudio y Julio Mario Santo Domingo? Una oligarquía que, como todas las de Colombia, no se caracterizaba precisamente por ser abierta. O al llegar a México en 1962, en un carro destartalado de inmigrante, ¿cómo fue que se hizo amigo íntimo de Carlos Fuentes, que ya era famoso en todo el mundo, amigo de Arthur Miller y de Neruda, rico y bien plantado, aristócrata, políglota, casado con la mujer más bonita del DF? Se lo pregunté una vez a Fuentes y me dijo: “Conocí a Gabo en una fiesta donde Álvaro Mutis, era un tipo simpatiquísimo que lo había leído todo”.

El mejor recuerdo que tengo de él fue una historia que me contó en 2010, durante un almuerzo en el restaurante San Ángel Inn, del DF. “¿En qué parte del mundo andas ahora?”, quiso saber. Contesté que en India y le pregunté si conocía. Asintió. “Una vez Fidel me pidió que lo acompañara a una reunión de los No Alineados en Nueva Delhi”, dijo, “y al llegar al aeropuerto decidí quedarme en el avión, para no distraer el protocolo. Pero de pronto vi por la ventanilla que Indira Gandhi bajaba del palco presidencial y subía por la escalera del aeroplano gritando, Where is García Márquez? A partir de ahí no nos separamos. Hablábamos en francés y al tercer día me parecía que Indira había nacido en Aracataca. Me invitó a un viaje por toda la India, organizado por ella, y acepté. Quedó de avisarme”. Entonces el rostro de García Márquez se oscureció, sus ojos se llenaron de lágrimas, y dijo: “Luego llegó la noticia de que la habían asesinado, y por eso prometí no ir nunca más por allá”.

Al cumplir 70 años, en una entrevista, aseguró que cambiaría todo, sus libros y sus millones de lectores, por tener otra vez 40 años. ¿Y eso por qué?, insistió el periodista, y él respondió: “Para volver a empezar”.

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