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Más allá del placer de disfrutar de una buena obra, el valor formativo del Festival Iberoamericano de Teatro radica en la posibilidad de observar cómo distintas sociedades experimentan y problematizan las numerosas facetas de lo que podríamos denominar la condición humana.
El encuentro ayuda a comprender que, pese a habitar un solo planeta, nuestra especie se caracteriza por una diversidad geográfica, histórica y cultural que se traduce en marcadas diferencias a la hora de entender y vivir en el mundo.
En ese sentido, las danzas presentadas por las compañías Shen Wei Dance Arts y Carte Blanche ofrecen lecturas fascinantes sobre el lugar de Estados Unidos y Noruega, respectivamente, dentro de la posmodernidad. Ésta ha sido descrita por autores como David Harvey, Fredric Jameson y Gilles Lipovetsky como una etapa avanzada del capitalismo caracterizada por el desdibujamiento de los límites entre lo económico y lo cultural, la profundización y extensión del control y la dominación hacia esferas anteriormente libres, como el ocio, y la homogeneización de las prácticas humanas a nivel global. Así, la posmodernidad corresponde a una forma paradigmática de biopoder que penetra no sólo la mente sino el cuerpo de los individuos, haciendo a éstos inertes en términos imaginativos y sensoriales ante las directrices del “sistema”.
En Consagración de la primavera los bailarines del grupo estadounidense ocupan una cuadrícula no simétrica pintada en el piso. En la medida en que se deslizan entre los espacios demarcados, entran en choque entre sí y se ven obligados a reacomodarse. En este proceso sus movimientos se tornan más caóticos y más agresivos, aunque siempre con la misma inexpresividad de un alma sometida. Aunque no lo dicen, los bailarines, cuyos disfraces llevan las mismas líneas que hay en el piso, nos muestran que la posmodernidad en EE.UU. es un proceso fracturado, heterogéneo, sin secuencia y todavía represivo.
Corps de Walk, de inspiración noruega, nos habla de una posmodernidad más acabada y, por ello, menos conflictuada, comenzando por sus bailarines andróginos, de mirada vacía y vestidos de una segunda piel debajo de la que traslucen sus cuerpos. Además de la inexpresividad, sus movimientos son mecánicos, geométricos y controlados, parecidos a las formaciones militares o las líneas de ensamblaje industrial. Se trata de cuerpos que han interiorizado la disciplina hasta tal punto que los bailarines reproducen cuadros en el aire con sus propios brazos, sugiriendo que ya no necesitan cuadrículas ni líneas para orientar sus acciones.
Estas puestas en escena apuntan a dos encuentros distintos con la posmodernidad. Paradójicamente, los escandinavos, que encabezan todos los escalafones mundiales de bienestar, parecen gozar de mejor calidad de vida debido al inquietante biopoder, que genera un “círculo virtuoso” homogeneizante en el que la obediencia es absoluta. Hace poco, estando en Copenhague, un colega danés me sermoneó con la advertencia “¡no puedes hacer eso!”, ante mi transgresión inofensiva e inocente de una regla del tránsito público. O tal vez la respuesta es la que ofrece Shen Wei, de origen chino, en Folding, en el que cantos budistas tibetanos acompañan los movimientos lentos y ponderados de los bailarines que, mediante el retorno a la tradición y el misticismo, parecen transitar nuevamente hacia la humanización.