Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Con la mirada puesta en las encuestas, nadie, ni al parecer ellos mismos, sabe a ciencia cierta lo que proponen los candidatos presidenciales.
La vida colombiana transcurre como si no estuviésemos muy próximos a tomar decisiones importantes sobre nuestro futuro. Decisiones que, antes que todo, nos corresponden a los ciudadanos. Si no exigimos, va a pasar lo mismo de siempre: un candidato que no recibe el apoyo nítido de la mayoría de los electores, va a tener en sus manos el poder de orientar al país conforme a un programa prácticamente desconocido. Y después solamente tendremos la opción de quejarnos, y de lamentarnos de no haber ejercido a tiempo nuestros derechos.
Aparte del Presidente en ejercicio, que desde un principio dio muestras de estar interesado en la reelección, y que en realidad es el único que se ha expuesto, porque le toca, al juicio diario de la opinión, los demás candidatos dejan notar que están recién llegados al concurso, sea porque hasta ahora brillaron en escenarios más reducidos que el que exige una visión del país desde la presidencia, o porque han tenido que luchar contra los obstáculos que tradicionalmente se le ponen a la izquierda en el país más obtuso del continente, que no ha sido suficientemente generoso para permitir que florezca, como algo normal en la contienda política, una izquierda democrática. Tal vez el mejor avance, hasta ahora, consiste en que hay dos candidatas presidenciales y una a la vicepresidencia. Pero, aparte del progreso en materia de género, eso no le ha aportado hasta ahora mucho al debate.
Aunque paciente, el propio Presidente no está exento de caer en el mal de todos, que es el de una especie de discernimiento lentísimo y un cuidado extremo al decir o dejar de decir algo, como si el cálculo del efecto que una u otra cosa pueda tener en las encuestas fuese el marcador supremo del ritmo de lo que entre nosotros se llama campaña. Que se ha convertido en un juego de imágenes, con gestos, vestimentas, sombreros, slogans publicitarios como los de cualquier producto cosmético, y una serie interminable de trinos de ciento cuarenta caracteres que sumados no pueden configurar un proyecto político o un programa de gobierno en un país que se reclame políticamente avanzado.
Cualquiera habría esperado que luego de cuatro años de desarrollo bajo el símbolo de las locomotoras en un país que hace décadas no tiene trenes, el Presidente Santos saldría con algún invento original en la perspectiva de un nuevo mandato. Pero su propuesta se limita a decir que hay que completar la tarea. Y los demás parecen estar peor todavía, porque no tienen locomotoras ni nada que pueda significar algo más sofisticado ni pertinente, ni que pueda competir ni proponer algo mucho mejor de lo que ha sido la tarea de un gobierno de talante liberal que al menos se le ha medido a la búsqueda de la paz y que recibe aclamaciones en la calificación en el exterior, mientras al interior muchos se interesan solamente en atacarlo, sin reconocerle méritos.
En lugar de conducir a los ciudadanos a conocer lo más profundamente que se pueda las diferencias entre las propuestas de los candidatos y a organizar una competencia leal y constructiva entre las alternativas que se presenten, el mercadeo político ha encontrado en Colombia un campo abonado para el culto a las vaguedades. Como si lo más importante no fuese tratar de conseguir el éxito de propuestas audaces sino destruir de la manera más eficaz al oponente.
A ese paso, cuando hay temas que deberían ser justamente ahora objeto de una discusión nacional abierta y franca, corremos el peligro de que queden expósitos asuntos fundamentales para nuestro futuro. Quedamos en el último lugar mundial en educación básica y la respuesta oficial es que se trata de un “campanazo”, mientras quienes tuvieron recientemente la educación en sus manos durante ocho años pretenden hacer creer que el rumbo perdido se habría podido hallar en los últimos cuatro. La justicia sigue organizada, o desorganizada, como no le sirve a la justicia. No se sabe quién con posibilidades de acceder al poder tendrá las agallas para poner orden en la prestación de los servicios de salud, ni cómo lo haría. La política exterior no aparece por ninguna parte, porque solo figura en la agenda para lamentarse, desde la ignorancia más profunda, cuando todos salen a interpretar hechos a posteriori, sin que se hayan dedicado a estudiar a tiempo los procesos ni a comprender qué es lo que pudo haber pasado. El manejo de las regiones seguiría a la deriva, mientras un país de regiones se ufana de su modelo político. La infraestructura queda para los ingenieros, que tendrán que someterse a los políticos, de manera que seguiremos por ejemplo con mil kilómetros de costa en el Pacífico pero sin puertos, y formalizando las alianzas del Pacífico en el Caribe. Y los campesinos del minifundio seguirán abandonados, mientras no hagan otro paro para demostrar que existen en uno de los países más desiguales del mundo. Y la paz verdadera, la que desactive los motivos sociales de la guerra, seguirá pendiente, como si por definición tuviéramos que aceptar que es inalcanzable, por falta de valor para afrontar las dificultades naturales de la reconciliación nacional.
Todo esto debería ser ahora mismo objeto de grandes e intensos debates nacionales. Sin miedo y con lealtad hacia la República y sobre todo hacia quienes integramos la nación colombiana. Pero parecería que existiese un consenso que obedeciera al designio de mantener a Colombia en el puesto vergonzoso como uno de los países mas desiguales del mundo mediante la práctica de hacer política con la menor exposición posible de lo que se piensa.
Como las voces de los candidatos no cautivan y las de los ciudadanos no se manifiestan, el voto en blanco avanza en silencio. Pero nos aqueja tanto la tibieza que ni siquiera esa forma de protesta, que tiene enorme valor político, alcanzaría a estremecer los cimientos del establecimiento. Y éste mismo artículo puede inclusive ser muestra de otro tipo de defectos nacionales: reclamar, reclamar y reclamar. Pero en todo caso es a los políticos a quienes les toca proponer en estos casos. Y a nosotros criticar y exigir. El juego de la democracia