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Por fin estamos mirándonos en el espejo de los excesos de Venezuela, pero tendemos a ver solo los síntomas y no a buscar sus orígenes.
Armando Montenegro planteó los síntomas en una columna reciente, haciendo eco de unas opiniones del historiador Malcom Deas: “Ante la percepción de que el Estado es rico, de que la corrupción está en todas partes, de que la riqueza se concentra en pocas manos, de que no hay líderes serios y pulcros, la gente puede concluir que todo el sistema es ilegítimo, excluyente y cerrado”. En una columna de hace unas semanas, yo mismo decía que “el fenómeno del voto en blanco es el rechazo de los ciudadanos a la venezolanización de la política”, refiriéndome a la polarización y la demagogia.
Explica Montenegro que Deas “detecta en nuestro medio algunas de las condiciones que propiciaron el populismo de Chávez y Maduro”. Creo que en Colombia ha sido al revés. Que la petrolización de la vida económica y social, la profundización de las desigualdades sociales y el desencanto de los ciudadanos con la política —tres de las cuatro condiciones comunes con Venezuela que identifica Deas— más que potenciales generadores de populismo son resultado de un fenómeno atenuado de neopopulismo que vivió Colombia en la década pasada. Sin decir con ello que una progresiva venezolanización pueda traer otra fase de populismo, esta vez agudizado desde la izquierda.
Lo que en Venezuela se llama petrolización de la vida económica y social, en Colombia se llamó eufemísticamente “confianza inversionista y cohesión social”. Muy buena parte de la inversión extranjera en Colombia se concentró en la explotación petrolera, y la cohesión social en el asistencialismo de Familias en Acción y programas asociados. La conjunción de las dos fórmulas ha generado lo que Montenegro describe: “la falta de competitividad se arregla con subsidios o exenciones tributarias, no con innovación y eficiencia. La política social consiste en distribuir cheques y no en asegurar el buen funcionamiento del sistema de salud y la eficacia de escuelas y guarderías”.
En el desencanto de los ciudadanos con la política ha influido poderosamente el caudillismo y el consecuente descrédito de la clase política, agudizado ahora que el uribismo y el petrismo están unidos en el propósito de deslegitimar al sistema político. Y la profundización de las desigualdades durante la primera década del siglo obedeció, entre otras causas, al énfasis en la generación de capital y no de trabajo, representado por la política de exenciones tributarias.
A los tres “huevos” que recibió de Álvaro Uribe —que son el sustento ideológico del proyecto político neopopulista del expresidente— el gobierno Santos les ha hecho cambios: la Seguridad Democrática la combinó con una negociación de paz, la confianza inversionista con otras locomotoras, y el asistencialismo con programas más estructurales como las casas gratis y con políticas reparativas en el campo. Sin embargo, los factores principales de venezolanización, como los énfasis en el modelo de desarrollo basado en los hidrocarburos y en los programas asistencialistas, aunados al progresivo descrédito del sistema político, se mantienen.