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El trauma reclama el amor de todos

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Cuando la amiga, la hermana, la madre o la desconocida han sido víctimas de una atrocidad como una desfiguración o una violación, es difícil mantener la paz interior. El horror que un acto atroz desencadena nos conduce a la desesperanza; el abandono es total pues no parece existir nadie en la tierra ni en el mas allá que nos cuide.

Frente a esta consternación no se vislumbra una respuesta que alivie y nos devuelva la fe; nuestras maneras usuales de abordar lo atroz se quedan cortas, transitan entre dos caminos que no dan salida y más bien nos instalan en la experiencia del trauma. El primero es aislarnos del impacto, no querer saber ni recordar nada y el segundo, es uno en el que suprimimos toda la conexión con el dolor y observamos la situación como si fuéramos robots. Se vuelve imposible, entonces, liberar los mecanismos para trascender y continuar la búsqueda de una autonomía que nos redima del horror de la condición de víctimas. Nuestra identidad se desestructura, solo somos victimas en negación o robotizadas.

Cabe recordar que el dolor es inherente a la vida, que la adversidad económica, la muerte, la perdida de un ser amado o la enfermedad nos duelen, nos enseñan y nos hacen crecer. El dolor necesario exige que nos encarguemos de nosotros mismos, que seamos mas creativos al conectarnos con el otro, que descubramos un mundo lleno de nuevas oportunidades.

Pero muy diferente es el impacto traumático e innecesario que el horror desencadena. La vida se paraliza y anestesia, la capacidad adaptativa se distorsiona y el ser queda invadido por la condición de víctima indefensa frente a la crueldad del victimario todo poderoso. El mundo se convierte en un lugar donde la confianza es imposible, el amor una utopía y la justicia no existe.

No podemos negar la magnitud del desgarramiento. Los eventos traumáticos son extraordinarios, no porque sucedan ocasionalmente sino porque sobrepasan la capacidades normales de los seres humanos.

Sólo cuando la grandeza, personal y colectiva logre abrazar y acoger el impacto, cuando la familia o la comunidad amorosa restituyan el lugar de la víctima, cuando surja un nuevo sentido para su vida, el futuro posible le devolverá el presente. Entonces la víctima habrá desparecido y el héroe que habita en cada uno de nosotros renacerá. Desde este florecimiento se abrirán de nuevo las puertas del camino interior, donde un profundo acto de perdón permitirá que la confianza en la vida presente y en el mundo espiritual nos devuelvan la paz y la serenidad.

*MARIA ANTONIETA SOLÓRZANO

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