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Eutanasia, por la tangente

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En un país donde la vida vale tan poco y la muerte acecha en cada esquina, en cada recodo del camino, y tantos mueren en circunstancias violentas porque el Estado no puede garantizar y proteger la vida de todos los ciudadanos, la Corte Constitucional acaba de dar un paso importante en torno a la muerte digna: declaró constitucional la llamada Ley Consuelo Devis, que regula los derechos de las personas que sufren enfermedades terminales, crónicas, degenerativas e irreversibles y les permite rechazar, previa manifestación libre e informada, el llamado “encarnizamiento terapéutico”, tratamientos médicos inútiles —y además costosos— cuyo único objetivo es retrasar la muerte.

Para decirlo sin eufemismos y con todas las letras, se trata de un paso en la dirección de la eutanasia, pues aunque el término no aparece en el texto, la ley se le acerca por el ladito, por el de los cuidados paliativos y el derecho de los pacientes a mitigar situaciones extremas de dolor y sufrimiento. Por algo el procurador Ordóñez pidió a la Corte que la declarara inexequible. Porque olía a eutanasia, un pecado para la Iglesia y los creyentes que, como él, consideran que la vida es creación divina y que Dios es el único que tiene derecho sobre la vida y la muerte de las personas.

La Ley Devis parece desembocar en ese tortuoso terreno que la Corte Constitucional dejó abierto, cuando, con ponencia del magistrado Carlos Gaviria, reconoció el derecho a la eutanasia y exhortó al Congreso a reglamentarlo en el menor tiempo posible (sentencia C-239). Un llamado que cayó como agua en el desierto, pues los dos proyectos que intentaron acogerlo (2009 y 2012), ambos por iniciativa del senador Armando Benedetti, murieron de asfixia por las presiones de la Iglesia, el procurador Ordóñez y la industria farmacéutica. Y si bien la nueva ley no obedece en estricto sentido a ese viejo e incumplido mandato, de alguna manera responde a él, aunque por la tangente.

Algo es algo. La ratificación de que un Estado que se declara no confesional, regido por una Constitución que reconoce la libertad de cultos y de conciencia, está en la obligación de respetar y defender todas las creencias religiosas y los diversos modos de comprender la ética y la moral. Tan respetables son las creencias de los que creen en verdades y valores morales absolutos, y ven en el sufrimiento una prueba de Dios y la vía exprés para llegar al cielo, como los de quienes creemos que si la vida digna es un derecho fundamental, morir en forma digna lo es también, y que si luchar contra la muerte se convierte en un martirio insoportable, nos asiste el derecho a rechazar tratamientos que prolongan la vida inútilmente.

Ayudar a bien morir es simple y sencillamente un acto humanitario y piadoso. Suspender medidas de soporte vital y/o suministrar dosis altas de morfina para paliar el dolor son lo mismo que la eutanasia, porque la intención es la misma: poner fin a la vida cuando el sufrimiento se hace insoportable. Por eso, si un día llego a estar en una situación de enfermedad en fase terminal o de incapacidad extrema, voto porque me desconecten y, más aún, porque me den el empujoncito final. Así sea.

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