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Uribe quiere una Constituyente. Las Farc quieren una constituyente. No es para sorprenderse: no seré el primero en notar lo mucho que se parecen.
También se parecían mucho Uribe y Chávez, por supuesto; y se parecían, para empezar, en su desprecio por la Constitución. Ambos la reformaron en su propio provecho y para su propio beneficio, y ambos lo hicieron comprando votos, aunque con distintas monedas de cambio. Ambos, además, modificaron una Constitución joven e inexperta, como echándole en cara el hecho de no haber adivinado que ellos vendrían a salvar sus países. Ahora Uribe quiere otra constituyente. También la quieren las Farc. ¿Qué significa eso?
Para efectos prácticos, la primera asamblea constituyente se formó en la Francia revolucionaria: se trataba de echar abajo todo un mundo y construir otro nuevo. Desde entonces, han echado mano del mecanismo los países nacientes, como las colonias de la América española, o los países revolucionarios, como el México de 1917 (con resultados relativamente loables) o la Venezuela de 1999 (con resultados relativamente lamentables). Lo que pasó en Colombia en 1991 no fue resultado ni del nacimiento de un nuevo mundo ni de la revolución, sino del desespero: el resultado, directo o indirecto, de siete años de guerra contra el cartel de Medellín más 105 años bajo ese monumento a la mentalidad reaccionaria que fue la Constitución de 1886. La Constituyente del 90 y la Constitución del 91 fueron el esfuerzo más grande que hemos hecho los colombianos por dejar de matarnos (o por no matarnos tanto) y por armar un país donde, en el papel, quepamos todos. No ha sido así, claro: las guerrillas y los paramilitares nos han ahogado en sangre desde entonces; la administración Uribe, la más corrupta y politiquera de la historia reciente, dio un nuevo significado a la palabra cinismo; y el fanatismo religioso está más campante que nunca en este triste país que se cree laico. Así que vuelvo y digo: las Farc y Uribe quieren que se forme una constituyente. Vuelvo y pregunto: ¿por qué?
Porque las Farc y Uribe comparten una cosa (comparten muchas cosas, pero sobre todo una cosa): la obsesión por echar abajo todo y comenzar de nuevo. Así funcionan las izquierdas y las derechas en los extremos. Para unos, se trata de hacer la revolución; para otros, de refundar la patria. El fondo es el mismo: la constituyente no es, como decía Petro, “el encuentro de los diferentes que se han vuelto enemigos”, sino una apuesta más o menos ciega que hacen los enemigos para dominar el desencuentro. En momentos de pesimismo, la constituyente no me parece más que una encarnación socialmente respetable y aparentemente sensata del viejo anhelo de utopías: algo a lo que hay que tenerle mucho miedo. Detrás de las propuestas de constituyente —no siempre, pero sí en un momento como el actual— se agazapa un secreto deseo de hegemonía. Lo dicho: echarlo todo abajo y comenzar de nuevo. Pero la democracia que prefiero no va por ahí. La democracia que prefiero es la que corrige todos los días el rumbo con pequeños movimientos, con negociaciones diarias, con ese esfuerzo cotidiano por entender los objetivos del otro, aceptar que pueden ser justos y tratar de encontrar un camino medio. Lo cual, claro, es mucho más difícil.