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Las afirmaciones del panel intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) en su reporte de 2013 estrechan al máximo el margen de escepticismo que siempre existe en la ciencia:
“El calentamiento en el sistema climático es inequívoco y, desde la década de 1950, muchos de los cambios observados no han tenido precedentes en los últimos decenios a milenios. La atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido, el nivel del mar se ha elevado y las concentraciones de gases de efecto invernadero han aumentado”.
Este reporte es elaborado por miles de científicos, de todas partes del mundo, y sus conclusiones han sido adheridas por 100 países. Pero en la medida en que se extiende el consenso de la existencia del cambio climático, y que su principal causa es la mano del hombre, el concepto está siendo usado para explicar toda una gama de eventos ambientales aislados. Una sequía aquí, una inundación allá, todo es por el cambio climático.
Manoseado por medios y políticos, el cambio climático está adquiriendo el aura de un acto de Dios. Incontrolable, impredecible, inevitable si no se pone de acuerdo a todos los países del mundo para reducir las emisiones de gases invernadero. Es decir, inevitable.
Ahí el peligro de que los chigüiros agonizantes en el Casanare se conviertan en la imagen del cambio climático en Colombia. Porque exculpan de responsabilidad toda una gama de factores más relacionados con un problema local que global. La ganadería extensiva, la tala de bosques en las cordilleras, los paperos y mineros en los páramos, por ejemplo. Germán Poveda, un científico antioqueño que lideró el volumen del reporte del IPCC sobre América del Sur, dice en El Espectador que aunque no descarta que el calentamiento global sea uno de los factores en el verano en Casanare, a este fenómeno no se le pueden achacar eventos aislados.
En cambio, los científicos sí pueden predecir efectos más generales y graves del cambio climático. Por ejemplo, según el reporte recién publicado, en 2050, en uno de los escenarios futuros donde no se toman acciones conjuntas para reducir la producción de gases invernadero (SRES A2), en Colombia el 80% de los cultivos, en el 60% del área cultivada del país, se verían afectados. De acuerdo con otra proyección citada por el IPCC, para 2070 la cuenca del Sinú perdería el 35% de su capacidad hidroeléctrica.
De ahí que, por el otro lado, la imagen del chigüiro como ícono del cambio climático, con todo su patetismo animalista, distraiga del asunto de fondo que es la tragedia humana que se cierne sobre países pobres como Colombia. Una tragedia además causada sobre todo por los países industrializados, los principales productores de gases invernadero.
Así, mientras lamentamos los tiernos roedores del llano muertos de calentamiento global, dejamos de ver a los culpables de este tipo de tragedias locales, y al mismo tiempo, perdemos la perspectiva de las tragedias por venir sobre Colombia, producidas sobre todo por países industrializados. Sin una perspectiva clara de cuáles son (y cuáles no) los efectos del cambio climático, los colombianos seremos los próximos chigüiros en el barro.