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Una de las buenas consecuencias de la crisis política de Bogotá es que ha creado conciencia sobre la necesidad de tener buenos gerentes al mando de la administración pública.
Porque, cuando se trata de recoger la basura o del tiempo que se toma la gente para llegar al trabajo, la ideología o la carreta no sirven. Las personas quieren las calles limpias y sin ratas merodeando las casas. Quieren que el Transmilenio funcione bien, sin raponeros y libre de sinvergüenzas mandándoles la mano a las mujeres. Quieren las calles bien pavimentadas, sin huecos y sin grietas, y las alcantarillas con sus respectivas tapas. A la gente tampoco le importa mucho quién presta esos servicios públicos, siempre y cuando los preste bien y a precios y tarifas razonables. Si la empresa de servicios públicos es buena y está bien gerenciada, magnífico. Pero si el proveedor y el gerente son privados, tampoco hay problema.
Hace más de treinta años, Felipe González, al llegar a la presidencia de gobierno de España, como líder del Partido Socialista, dio una lección de pragmatismo y realismo político cuando repitió la célebre frase de Deng Xiao Ping: “No importa que el gato sea pardo o blanco mientras cace ratones”. Con eso quería crear conciencia sobre la necesidad de una participación mayor del sector privado y del capital extranjero para enfrentar con éxito la reconversión industrial y la modernización de la economía española. El resultado fue extraordinario, insertó a su nación en la Unión Europea y la transformó en un país del primer mundo, pese a los problemas que ha enfrentado en años recientes.
Pero es increíble la tozudez de muchos partidos y políticos para entender esta realidad. Después de la nacionalización de Lázaro Cárdenas, a los mexicanos les tomó más de 70 años entender que necesitaban la participación de la inversión privada en el sector de la energía y los hidrocarburos. En Cuba, después de más de 50 años, la Asamblea Nacional acaba de aprobar una ley permitiendo la inversión extranjera. Y mientras en la isla se devuelven, Venezuela se hunde introduciendo el modelo que los mismos cubanos están desechando por su monumental fracaso e incompetencia.
Pero, más allá de la naturaleza pública o privada de la actividad económica o de la prestación de los servicios, la diferencia está en la buena o mala gerencia. En Colombia tenemos excelentes empresas de servicios públicos, tanto en el sector estatal, nacional o municipal, como en el privado. Empresas como Isagén, Isa o EPM tienen gobiernos corporativos ejemplares, pero también son innumerables los fracasos de empresas y entidades públicas, como muchos hospitales, empresas de transporte, el manejo de los bienes incautados al narcotráfico, la administración de la justicia y la calidad de la educación.
¿Qué hacer para introducir buen manejo gerencial en todas las actividades públicas? Hacen falta muchas cosas, pero dos son imprescindibles. Primero, erradicar el clientelismo. Los familiares, amigos o compañeros de los políticos no son, usualmente, los mejores gerentes y administradores. Pero, quizá, lo más importante es que las entidades cuenten con sistemas de información en tiempo real y abiertos al escrutinio de cualquier ciudadano. Dichos sistemas son necesarios para tomar las mejores decisiones, pero también como mecanismos de transparencia. Después de todo, con mucha sabiduría, nuestros mayores siempre recordaban que el mejor desinfectante es la luz del sol.