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Las imágenes de la sequía qie vive Casanare, con miles de animales muertos de sed y de hambre, morichales, lagunas, caños y quebradas secas, y pasturas calcinadas, son, sin exagerar, apocalípticas.
De ese infierno, como en Fuenteovejuna, son culpables todos a una…
El cambio climático, que intensifica tanto los períodos de sequía como los de lluvias; la ganadería extensiva, que para hacer potreros tala bosques, que son los que mantienen la humedad y el agua en tiempo seco, y sirven de refugio a los animales; la explotación petrolera, que compite por el agua y tiene antecedentes de uso irresponsable del recurso; las malas prácticas agrícolas —quemas y drenaje de humedales y reservorios—, y, sobre todo, la imprevisión humana y la ineficiencia de las autoridades ambientales. El Consejo Departamental de Gestión del Riesgo reaccionó tarde, y Corporinoquia, que según la ministra de Ambiente, Luz Helena Sarmiento, “se ha dedicado a atender los requerimientos de las actividades extractivas de las petroleras, en lugar de enfocarse en el cuidado de los recursos”.
De nada sirvieron las lecciones que dejó la ola invernal de 2011, ni las alarmas que prendió hace meses el Ideam, ni el pacto que firmaron los gobernadores de la región, entre ellos el de Casanare, Marco Tulio Ruiz, con Corporinoquia, Cormacarena y Parques Nacionales, para desarrollar políticas de protección del medio ambiente y proyectos de adaptación y mitigación del cambio climático. Tampoco saber que Colombia es el tercer país más afectado por ese fenómeno en el mundo.
De nada han servido las advertencias de reconocidos ambientalistas, como el exministro Manuel Rodríguez, en el sentido de que las intervenciones radicales en las sabanas inundables no sólo causan daños irreparables en los ecosistemas y la biodiversidad, sino que alteran el ciclo del agua, ya afectado por la destrucción de los páramos y bosques del piedemonte que protegen las cuencas hidrográficas.
De nada sirve el conocimiento si no hay gestión ambiental y las instituciones son débiles o fallan en sus funciones, y si la visión que prevalece es la cortoplacista del crecimiento sin importar el costo. La visión de la “caja registradora” que defiende el ministro de Minas, Amylkar Acosta, y sirve a los intereses de la industria extractiva: “… el sector minero, junto con el hidrocarburífero, constituyen la caja registradora, la que genera los recursos con los cuales el Estado financia sus inversiones, entre ellas las que están encaminadas a proveer de agua potable a la población” (olapolítica.com). Pero Yopal lleva tres años sin agua.
Casanare, que hace unos años se erigió como monumento a la corrupción y al despilfarro de las regalías, hoy es el emblema de un modelo de desarrollo con elevados niveles de riesgo porque no toma en serio los ecosistemas. De ahí la catástrofe ambiental que vive el departamento, y que no será la última si los responsables, empezando por el Gobierno Nacional, insisten en privilegiar los resultados económicos de corto plazo sobre la preservación de la biodiversidad, y no tienen en cuenta el saber disponible sobre nuestros sistemas naturales y sus vulnerabilidades. Porque una economía en la que fallan los ecosistemas, no tiene futuro. Hoy las víctimas son las reses, las babillas, las tortugas, los chigüiros… Mañana seremos los seres humanos.