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Ingrid Betancourt

Durante seis años, cuatro meses y 12 días, Ingrid Betancourt se constituyó en el símbolo mundial del secuestro y en el tesoro más poderos de chantaje político, moral y económico de las Farc.

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Aunque los horóscopos no signifiquen nada, no es lo mismo nacer el día de Navidad que en cualquier otra fecha. En la cultura católica una persona que comparte cumpleaños con el Niño Dios se siente señalada por un destino especial. Supersticiosa o no, esa constante invocación de Ingrid Betancourt a la Virgen -desde esos pesebres miserables en que vivió durante casi seis años y medio, secuestrada en la selva- algo tendrá que ver con el día de su nacimiento, que fue un 25 de diciembre de hace 47 años.

Desde el principio de su infame secuestro, pero en especial desde finales del año pasado, el mundo entero, empezando por Colombia y Francia, estuvo obsesionado por el destino, primero trágico y luego luminoso de esta mujer valiente. En este sentido fue muy acertado el regalo que le hizo hace poco el presidente Zapatero: un ejemplar de la Divina Comedia. Sin duda Ingrid, después de esa larga temporada en el Infierno, pasó de repente al Paraíso del Eliseo, a los palacios vaticanos, y ahora habrá vuelto a la cruda y normal realidad, que más se parece a un purgatorio, peregrinando de país en país en busca de un apoyo para los cientos de secuestrados que se siguen consumiendo en las selvas colombianas.

Si algo define a esta mujer extraordinaria, además de su inteligencia y rebeldía, es la virtud del coraje. Pero como es bien sabido, una virtud llevada al extremo se convierte en defecto, y a veces la valentía puede llegar a convertirse en imprudencia e incluso en temeridad. Aunque es completamente injusta la afirmación de que Ingrid fue secuestrada por su culpa (pues la culpa fue de las Farc), sin duda el viaje por carretera al Caguán, pese a varias advertencias oficiales, fue meterse de cabeza en la boca del lobo, en un actitud que de valiente pasaba a ser temeraria.

Desde ese momento (era el 23 de febrero del año 2002) Ingrid se convirtió, paulatinamente, en un tesoro y en un poderoso instrumento de chantaje político, moral y económico para las Farc. La candidata presidencial que tenía una intención de voto menor al 1%, se fue volviendo, cada día más, una heroína, un personaje y un símbolo. Llegó a ser, incluso, un arma de doble filo para la guerrilla, pues fue gracias a su valor y a su prestigio que Colombia entera se unió en un clamor unánime contra el horror del secuestro como arma de lucha política. A medida que la salud de Betancourt se deterioraba en la selva, con los datos que se iban conociendo sobre sus intentos de fuga, sobre el hijo de Clara Rojas, y sobre las inhumanas condiciones del cautiverio, todo el país adquirió conciencia de que tenía que haber un repudio colectivo: ¡no más secuestros!

En una carta magistralmente escrita, dirigida a su madre e interceptada por el gobierno colombiano a finales del 2007, leímos una especie de testamento -escrito con lágrimas y sangre- de una mujer en el límite de la resistencia. Después de haberse opuesto con un coraje que muchos machos se quisieran a la infamia de su cautiverio, con seis intentos de fuga que no fueron desanimados por el castigo inhumano de una cadena al cuello, Ingrid parecía haberse resignado a morir en la selva. Pero cuando temíamos un desenlace fatal vino su fantástico rescate en un operativo que usó más la inteligencia que la trampa, aunque luego se revelara el indebido uso de insignias internacionales que ya no permiten llamar “impecable” a la famosa operación jaque.

Durante su secuestro, pero también después de liberada, Ingrid Betancourt no ha dejado de ser una incomprendida en su propio país. La actitud asumida por doña Yolanda Pulecio, absolutamente entendible en una madre al borde de la desesperación, le granjeó antipatías entre el uribismo recalcitrante. Los hijos adoloridos, los maridos y ex maridos amanecidos, las presiones del gobierno francés a favor del canje humanitario y de una solución negociada, hicieron que a veces Ingrid fuera vista como un estorbo en la rígida política de Seguridad del presidente Uribe. Lo paradójico fue que al salir de sus años de infierno, Ingrid se convirtió casi en una aliada del presidente, y su actitud digna, serena e inteligente después de su espectacular liberación, le valieron a Colombia el cambio de percepción y la imagen positiva más fuertes de las últimas décadas.

Su postulación al premio Nobel de la Paz, más que inadecuada, fue prematura. No basta ser víctima para merecerse el Nobel; a esa condición tendrá que unir su nuevo destino, el de luchadora y “canciller” por la liberación de todos los secuestrados y ojalá también por un camino que conduzca a la desmovilización y a los acuerdos de paz con la guerrilla de las Farc. Tenga o no tenga éxito, será esa lucha, si la lleva adelante con el mismo tesón con que sobrevivió a su propia desgracia, la que la consagrará como una gran figura mundial a favor de una causa justa: la de los miles de secuestrados colombianos.

El año 2008 empieza y termina bajo el signo de una mujer valerosa. De ella los colombianos no nos esperamos una carrera política de tipo electoral. Su misión es otra. La necesitamos como el símbolo que es, casi una resucitada, capaz de darles a sus compañeros de secuestro la esperanza de que tarde o temprano serán rescatados, ojalá por el camino de la inteligencia, del coraje y de la constancia. Es eso lo que Ingrid Betancourt nos ha enseñado a los colombianos, y eso mismo nos esperamos que siga haciendo en los años de durísimo trabajo que tiene por delante. Del Infierno pasó al Paraíso, de las lentejas rancias y el arroz quemado, a la champaña y el foi gras, del pesebre a los palacios. Ahora que ha vuelto a la vida normal, a nuestro purgatorio cotidiano, esperamos que pueda ayudar a que muchos otros puedan salir también del infierno. No es poco: es mucho, es todo. Y tal vez Ingrid Betancourt lo pueda conseguir.

Los cautivos que regresaron de la selva

El 5 de agosto de 2000, las Farc se llevaron de Riosucio (Caldas) al representante a la Cámara Óscar Tulio Lizcano. Tenía 53 años y por delante le esperaban 3.004 días de monte y soledad, custodiado por guerrilleros de las  Farc en las selvas del Chocó. Tras ochos años  de cautiverio, en los que se aferró a los poemas que le escribía a su ‘Baquerita’, Lizcano logró fugarse ayudado por su custodio, el guerrillero Isaza, y emprendió una victoriosa marcha que duró tres días y lo llevó a la libertad.

Meses atrás, y en circunstancias muy distintas, otros de sus compañeros salieron de la selva. Tras semanas de la polémica gestión de Hugo Chávez, Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo fueron liberadas en los Llanos el 10 de enero de 2008. Emanuel, el hijo de Clara nacido en cautiverio, hacía semanas que se encontraba en poder del ICBF. Luis Eladio Pérez, Orlando Beltrán, Jorge Eduardo Géchem y Gloria Polanco serían liberados semanas después, en un gesto de confianza de las Farc hacia Chávez.

Los otros liberados de la ‘Operación Jaque’

El 2 de julio durante la ‘Operación Jaque’, además de Íngrid Betancourt, 14 rehenes más fueron liberados. Eran miembros del Ejército y la Policía que llevaban entre seis y diez años retenidos por las Farc. Tres contratistas estadounidenses de la empresa California Microwave Systems, secuestrados en 2003, formaron parte del grupo de rescatados.

Ellos fueron: Juan Carlos Bermeo, teniente; Raimundo Malagón, subteniente; José Ricardo Marulanda Valencia, sargento viceprimero; William Humberto Pérez Medina, cabo primero; Erasmo Romero Rodríguez, sargento segundo; José Miguel Arteaga, cabo primero; Amaón Flórez Pantoja, cabo primero; Julio César Buitrago Cuesta, cabo primero de la Policía; Armando Castellanos Gaona, subintendente de la Policía; Vianey Javier Rodríguez Porras, teniente de la Policía; John Jairo Durán Tuay, cabo primero de la Policía; y los tres ciudadanos norteamericanos Thomas Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves.

 

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