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Los pilares del mundo

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A veces me gusta mi especie. En cada persona con que me cruzo veo una criatura frágil, como yo, y grandiosa, como los mejores.

Me imagino todo lo que habrá tenido que hacer para estar ahí, para vestir con sencillez y decoro, para comer con frugal balance, para sacar adelante a sus hijos, para seguir con su mujer a pesar de tanta tentación que Dios crea y el demonio desarrolla; me imagino los estudios, los sobregiros, las colas, los trámites, las humillaciones… y me enternezco.

También sé que ese buen hombre tiene, como yo y como los mejores, un lado oscuro. Seguro ha mirado lascivamente a su sobrina; en alguna casa humilde malvive su hijo natural; cuántas veces no habrá humillado a su mujer por los gastos que le ocasiona el sostenimiento del hogar; seguro ha recorrido en un rapto de solvencia el camino del burdel; seguro le paga un salario de hambre a su empleada doméstica; ¡cuántas infamias le habrá dictado la envidia! Por fortuna no es poderoso: en el fondo de su corazón patalea, en magno berrinche, un hitlercito. Así somos la mayoría de los mortales: una amalgama de oro y plomo (más plomo que oro, en realidad).

Puede ser un provinciano que ya pasó los cuarenta. Va al trabajo en una bicicleta antigua provista de parrilla, guardabarros, luz, dinamo, bomba y timbre; sujeta la bota derecha del pantalón con una pinza niquelada para que no se le engrase con el “plato”; usa camiseta para proteger la camisa de penúltima moda; carga pañuelo, peineta y un espejito en cuyo reverso hay una imagen piadosa, porque es creyente y asiste a misa los domingos en la mañana (a pesar de su anticlericalismo, lo conmueve el magnífico boato de la liturgia católica. En el fondo es luterano y se entiende directamente con Dios, que hace grandes esfuerzos para no quererlo tanto: la Divinidad no puede tener preferidos).

Es un hombre “de periódico y aguacate”, como les dicen a los maridos cumplidores y puntuales. Su divisa podría ser la misma de Rilke: “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”.

Estos ángeles en bicicleta sólo conocen autores colombianos muy populares (Julio Flórez, Barba Jacob, Vargas Vila, Escalona) y algunos filósofos del Sur (Discépolo, Le Pera, Gardel). Pero no nos engañemos con la cultura de este señor, porque a pesar de su jornada de ocho horas y sus extras como profesor de los hijos y todero de los “gallos” de la casa, conoce con precisión de especialista la historia universal e igual conversa con usted de Rafael Uribe que de Bismarck o Julio César, del desplazamiento del edificio de Cudecom que de las 7 maravillas de la Antigüedad, de Marquetalia que de Babilonia, de música que de mecánica, de construcción que de electricidad, de las listezas de monseñor Mahecha que de las operaciones del Banco Ambrosiano, de siameses que de clones.

También es capaz de chismosear, pero lo hará con la gracia de repentista o con la mesura del pensador, nunca con la sevicia del zafio. No lo piensa dos veces para bajarse de la bicicleta y desvarar al amigo burgués cuyo auto no enciende, o tomar llana y nivel para remodelar la casa, o sacar la manguera para regar las matas de su angosto jardín cuando cae la tarde del domingo.

A mí, que con mucho trabajo he atesorado una pequeña parte de la información que manejan con desenfado estos gigantes, que me embrollo con cualquier labor manual, que soy incapaz de volver a armar la plancha cuando (¡cáspita!) he logrado arreglar un desperfecto trivial, a mí, tan inepto para llevar a casa una pepita de oro, una migaja de pan, estos hombres me inspiran una admiración ilimitada. A su lado me siento frágil, pequeño. Esos hombres son, no lo olviden, los verdaderos pilares del universo.

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