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Quiso parecerse a Bolívar. Bajó luego sus aspiraciones: el expresidente del Brasil Lula sería su modelo.
Nuevamente redujo sus aspiraciones: tal vez sería el Chávez latinoamericano. Como administrador sólo llegó a Maduro. Luego ensayó a compararse con figuras colombianas: con José Acevedo y Gómez por el uso del balcón; con Gaitán, perseguido también por los poderosos. Ahora modifica su modelo, busca alianzas con Uribe. Parodiando a García-Peña, un megalómano, por ser de izquierda, no deja de ser megalómano. Sus llamadas al “constituyente primario” recuerdan a su nuevo aliado cuando invocaba, para justificar también su desprecio por toda norma que no lo favoreciera, el “Estado de opinión”.
Deja dudas su consistencia. Años atrás votó por el procurador, cuando era conocido que su ideología se nutría de la más recalcitrante derecha religiosa, la del arzobispo Lefebvre. Proponer una alianza con Uribe para la convocatoria de una constituyente es riesgoso para las frágiles instituciones. Uribe y sus obsecuentes seguidores buscarían en esa constituyente la posibilidad de volver a la Presidencia con un articulito que permitiera la reelección indefinida.
La alianza Petro-Uribe sorprende. Un líder progresista unido a quien durante su mandato justificaba los asesinatos de personas indefensas con los argumentos de que “no estaban recogiendo café” o “más que falsos positivos son falsas denuncias”. Líderes políticos de la Alianza Verde, como A. Navarro y A. Robledo, que apoyan a Petro en su lucha legal contra una sanción que tiene inocultables tintes políticos y que busca sacarlo de las futuras contiendas electorales en las cuales el procurador tiene interés en participar, deben aclarar si también lo apoyan en esta desestabilizante aventura.
Bogotá no se puede resignar a seguir escogiendo como alcalde a un “corrupto algo ejecutor” o a “un inútil no corrupto”. En el pasado reciente la ciudad eligió alcaldes eficientes y probos en el manejo de los dineros públicos: J. Castro, E. Peñalosa, A. Mockus. No se puede seguir el ejemplo de México, que caracterizó el paso del PAN al PRI con un grafiti que decía: “Fuera los incapaces, ¡que vuelvan los corruptos!”, o el de Argentina: “Ladrón o no ladrón, queremos a Perón”.
Para la democracia hubiera sido mejor que la decisión sobre la permanencia de Petro fuera el resultante de la revocatoria. Con alta probabilidad le hubiera sido favorable, o por W al no alcanzar el umbral, por el apoyo popular o por la confusión en la pregunta; muchos creen que el no era no a Petro. Fue el mismo alcalde quien recurrió a todas las argucias legales para evitar la convocatoria de la revocatoria en ese proceso. También brilló su inconsistencia: unas veces decía que no impugnaría las firmas, otras que sí. Puso de moda la “tutelatón”, dándole argumentos a quienes quieren acabar con una de las mejores herramientas de la Constitución del 91, la tutela. Petro fue un buen congresista, cumplió a cabalidad la función de control político. Su decisión sobre el derecho al agua gratis para los ciudadanos más vulnerables es un avance social. La prestación del servicio de basuras por una entidad pública está ajustada a las normas; pero hubiera podido hacerlo bien.
Ojalá en la elección no se cumpla la frase cuyo autor no recuerdo: “La elección popular de mandatarios es el mecanismo para evitar que los ciudadanos tengan un gobierno mejor que el que se merecen”.