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Lo básico
La cifra del día en la batalla entre Donald Trump y Joe Biden es 270 votos electorales; el que alcance, al menos, ese número será el ganador. Hace cuatro años Trump, a pesar de tener tres millones menos de votantes que Hillary Clinton, consiguió 306 sufragios de los 30 estados en los que ganó, por encima de los 20 estados en los que Clinton fue la candidata más votada y que le reportaron 232 votos electorales. El resultado demostró que el apoyo a Trump estaba mejor distribuido por todo el país que el de Clinton, muy concentrado, sobre todo, en las costas. Y, sirva la mención de este precedente como recordatorio de la condición de elección indirecta del sistema presidencial estadounidense.
Porque la elección presidencial estadounidense es un mosaico de elecciones locales. Una suma de muchas elecciones locales y contiendas electorales de todo tipo, que se solapan con la gran elección nacional. Así, además, del presidente, los ciudadanos también eligen la totalidad de miembros de la Cámara de Representantes, constituida por 435 asientos, algo más de un tercio del Senado, 35 de sus 100 escaños están en juego, trece gobernaciones estatales y un sinfín de otros cargos populares. Las proyecciones indican que los demócratas pueden retener la mayoría en la Cámara de representantes y que pueden tener opciones de mayoría en el Senado. ¿Resistirá el Partido Republicano el plebiscito al fenómeno Trump? ¿Podría encontrarse un Biden presidente con el escenario de mayoría en ambas cámaras?
Encuestas
¿Qué dicen las encuestas? En el momento en el que escribo estas líneas, Donald Trump aparece por debajo en todas las encuestas nacionales. Joe Biden aventaja en cerca de siete puntos en la media de las encuestas publicadas. Victoria clara, ¿no? Sí, pero hace cuatro años Trump aparecía por debajo de Hillary Clinton por 3,5 puntos. Y las encuestas acertaron. Predijeron la victoria en votos totales de Clinton, pero obviaron, como antes mencionaba, la importancia de la distribución del voto por estados. Para que las encuestas puedan arrojar alguna claridad, no hay que mirar los acumulados nacionales sino una infinidad de carreras en pequeñas circunscripciones por todo el país.
Trump necesita ganar prácticamente los 197 votos electorales que aún estarían en disputa, según el portal RealClearPolitics. El presidente en ejercicio debe ganar prácticamente en todos los estados aún competidos (Florida, Georgia, Ohio, Texas, Pensilvania, Míchigan…) para mantenerse en el cargo. De acuerdo con las proyecciones, Biden tendría casi asegurados 216 votos y Trump, 125. Es el más difícil todavía.
Y a partir de aquí olvídense de los datos.
La novedad
Antes mencionaba que, en los últimos días, el republicano ha venido acortando las distancias con el demócrata, pero esto puede ser ya irrelevante. Ante el riesgo de contagio que supone la COVID-19, muchos votantes, según algunas estimaciones hasta dos tercios del total de los esperados, han votado anticipadamente y por correo. Este dato señala una gran participación y que muchos electores ya tenían claro su candidato, señal de alta polarización. Nada más, por ahora.
Ver más: ¿Será el desquite de las encuestas?
Como detalle, entre esos votantes que ya han manifestado su preferencia están ni más ni menos que los dos candidatos. Sí, Trump, a pesar de haber cuestionado la limpieza de unos escrutinios por correo, alimentando, como tantas otras veces, las pulsiones de los aficionados a las conspiraciones, ha usado ese procedimiento.
Esta novedad supondrá un minucioso, quizá tedioso, proceso de conteo y validación de los sufragios, bajo la atenta mirada de una legión de abogados de cada candidatura. No se sorprendan ante posibles impugnaciones.
Qué se juega
Toda elección para un segundo mandato es un plebiscito sobre el presidente en ejercicio que, en la mayoría de los casos, parte con ventaja. Lo normal es que los presidentes cumplan ocho años de mandato. Pero, ya ven, con Trump lo acostumbrado siempre está en duda. Biden y Trump representan, aunque parezca raro, dos formas de continuismo. Distintas y contradictorias.
Una victoria de Trump supondría una profundización en la transformación y ruptura de los marcos tradicionales de los dos grandes partidos nacionales. Una especie de implosión interna que, olvida la moderación y la centralidad, y parece avanzar hacia los extremos.
Ver más: Economía de EE. UU. y todo lo demás
El Partido Republicano está en un cambio significativo para su futuro, rehaciéndose un poco a la imagen y semejanza de Trump. Para el futuro los republicanos buscan cómo articular una propuesta en la que se mezcle populismo, proteccionismo económico orientado a las clases medias y populares de las zonas rurales e industriales, algo de aislacionismo internacional y una nueva versión del conservadurismo social en el que se puedan integrar porcentajes de latinos, afros y de otros segmentos como, por ejemplo, musulmanes estadounidenses. Una nueva plataforma que pueda encabezar algún político más convencional que Trump. Lejos quedan las tentaciones posimperales y el abrazo gozoso de la globalización.
En lo que el actual presidente no ha supuesto ninguna novedad es en la tendencia a comprender la política y el gobierno como un show, en parte de la industria del entretenimiento. El gobierno es hoy una gran serie. En todo caso es una tendencia que debe más a Hollywood que a Trump. Los semidocumentales de Michael Moore y los noticieros cómicos de Jon Stewart, Steven Colbert, etc. ya habían fomentado la fusión entre información, política y entretenimiento que Trump ha navegado extraordinariamente con sus tuits y su experiencia como celebridad televisiva.
Biden supone una nostalgia modesta, en su intento del continuismo con los ocho años de Obama. Una nostalgia imposible, creo. Si gana, quizá pueda retrasar una tendencia que lleva al Partido Demócrata a ser el receptor de identitarismos diversos y dispersos, que deja al partido como aglutinante, pero sin una orientación clara. Hoy el futuro demócrata no se proyecta en su centro electoral y bascula hacia herederos políticos de Bernie Sanders, como Alexandria Ocasio-Cortez.
El tradicional bipartidismo estadounidense puede estar asegurado, aunque sus dos actores estén alejándose de lo que fueron, en dirección hacia posiciones de difícil conciliación y atrincherados en las batallas culturales de las que tanto se viene hablando en las democracias occidentales.
Un reconocimiento
No creo sea sorpresa para aquellos que se hayan tomado la molestia en leer alguno de los análisis que he escrito para El Espectador en los últimos años que no me gusta Trump. Su estilo me parece corrosivo para las formas democráticas. Y las formas y procedimientos arropan y protegen los principios de la democracia liberal. Reconozco que dedicar los últimos años a comprender el éxito del fenómeno Trump ha implicado revisar mis propias certezas sobre la democracia estadounidense y su funcionamiento y, de un modo más general, sobre el estado de las democracias occidentales hoy. El resultado de esa revisión no es optimista. El fenómeno Trump tiene ecos en muchas democracias, con populismos rampantes a izquierda y derecha explotando adhesiones emocionales y primarias.
Ver más: Desinformación en la noche electoral, ¿cómo no caer en las fake news?
A pesar de Trump, los demócratas han sido una opción menos mala, pero no buena. Hillary Clinton era una mala candidata en cualquier proceso electoral al que se presentara. Encarnación de un establishment que no vio venir lo que pasaba, dirigió una campaña demasiado confiada en la victoria por el mero rechazo a Trump y por los apoyos, en términos de influencia y dinero, con los que contaba. Ahora, es el tiempo de Biden, un tipo que se presenta sobre la base de no ser Trump y que mejora a Clinton en la capacidad de conectar con electores y la empeora en meteduras de pata y deslices.
Si Trump pierde, lo hará por la COVID-19 y esa forma de ser que ha mantenido muy movilizados a sus rivales. La irrupción de la pandemia acabó una situación que rondaba el pleno empleo y lanzó en el olvido que Trump que estaba teniendo un reseñable cumplimiento de las promesas que hizo hace cuatro años, sin meterse en nuevos conflictos internacionales, superando el juicio político al que se le sometió por la llamada “trama rusa”, habiendo reducido la amenaza del ISIS, logrando nominar a tres jueces en la Corte Suprema, etc. Posiblemente a cualquier otro presidente le hubiera bastado para obtener la reelección. Y eso, a pesar de haber exacerbado la polarización, especialmente con su gestión de los incidentes racistas y sus contenciosos tratos con sus opositores, incluso dentro de su partido, con representantes de las empresas tecnológicas y con la prensa y, sobre todo, a pesar de dirigir una Casa Blanca caótica y con constantes despidos y renuncias entre sus colaboradores.
Trump va contra lo normal. ¿Podrá volver a ganar unas elecciones presidenciales? Iría contra lo normal.
* Historiador e Internacionalista