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1. Lo único peor que una democracia populista, cuyos críticos afirman que tiene pueblo pero no ciudadanía, es una democracia sin pueblo.
2. Una democracia de la cual están ausentes el pueblo y su voluntad se vuelve contraproductiva. Es decir, su funcionamiento ininterrumpido u óptimo genera la imposibilidad de cumplir sus objetivos. Esto en el mismo sentido en que el funcionamiento óptimo de la industria de la salud genera enfermedad o el crecimiento de la industria del transporte que vende más y más automóviles termina por hacer colapsar el tránsito, como sucede en Bogotá. Por ello, y con razón, al aparecer inútil a los ojos de la mayoría, dicha democracia contradice su propósito y queda expuesta a las opciones extraparlamentarias.
3. Es un hecho que amplias mayorías de la población apoyan opciones extraparlamentarias o consideran ilegítimo al Congreso y no creen útil el ejercicio de sus derechos ciudadanos.
4. No es cierto que todas las opciones extraparlamentarias sean contraproducentes. Así, por ejemplo, el Movimiento Tupamaro del Uruguay produjo a José Mujica. El antiguo Comandante Facundo, que tiene en su cuerpo seis heridas de bala, preside hoy a su país. La institucionalidad uruguaya, en contraste con la colombiana, tiene la confianza de sus ciudadanos y cuenta con la voluntad de su pueblo. Al contrario de lo que sucede con los políticos colombianos, a Mujica no sólo le importa su pueblo a la hora de las elecciones. Aún dice que hasta hace veinte años se podía hablar de guerras justas y que éstas eran las que intentaban liberar a naciones sometidas. Pero hoy todas las guerras son para que los débiles sufran. Dice que la democracia y el socialismo son compatibles siempre que la una no se trague al otro. Como en Colombia la una se traga al otro, no hay democracia y sólo parece sostenible el socialismo extraparlamentario. Por ello hay guerra y políticos que se benefician de ella.
5. La institucionalidad ciudadana está fundada en la ley y la posibilidad del ejercicio pleno de los derechos políticos y económicos, que son indivisibles. Distinguir de entre ellos los que deban ser protegidos de suyo (por ejemplo, la vida) y los que no (por ejemplo, los derechos políticos de todos) no sólo contradice la ley, sino que deslegitima la institucionalidad.
6. Una institucionalidad que permite a un funcionario no electo imponer su voluntad arbitraria sobre la de los electores convierte a la ley en una burla de sí. La torna en mera justificación de cálculos electorales, en promesa carente de contenido. Al hacerlo se deslegitima.
7. Una institucionalidad ilegítima y sin pueblo carece de capacidad para negociar un proceso de paz, o al menos no puede garantizar las condiciones necesarias para su implementación. Perpetúa su guerra y la tragedia de su pueblo.
*Óscar Guardiola Rivera