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El reporte reciente y las imágenes sobre la polución atmosférica en Beijing y París nos recuerdan que estamos convirtiendo las ciudades en cámaras de gas y a la placenta de la biosfera terrestre en un saco de venenos varios. Nada nuevo.
China y Francia son sólo el ejemplo del momento. El primer puesto como ciudades tóxicas se lo disputan también Nueva Delhi en la India o Ahwaz en Irán. Cada organización hace su lista y el problema crece y nos afecta a todos, pues la contaminación migra de un lugar a otro del globo por causa de los vientos y las corrientes marinas. Y los observadores del fenómeno nos ponemos cansones con la historia. ¿Otra vez con el tema? Sí. Otra vez con el tema, porque el asunto es de supervivencia de la especie y de creación de una nueva conciencia ante la utilización de los abundantes recursos naturales del planeta.
¿Qué nos hace obrar de manera tan estúpida? ¿Quién no se da cuenta de que terminaremos utilizando máscaras de oxígeno? O hablando de las sequías, ¿quién, en Santa Marta o el Casanare, o en el gobierno central en estos días de sequía aguda, ha propuesto que lo que habría que hacer son brigadas masivas de reforestación de las cuencas de la Sierra y del destruido piedemonte y cambiar el patrón de ganadería extensiva y deforestación salvaje? ¿Qué estamos esperando?
Porque eso que estamos esperando, el desastre de no tener ni siquiera los básicos de agua limpia, aire puro y comida sin toxinas, ya está aquí. Pero las locomotoras del neoliberalismo siguen su curso en todas partes. Los dos países más poblados del mundo continúan su carrera de codicia consumista con la ceguera selectiva de que “aquí no pasa nada”. Hemos, incluso, regresado a la era del carbón, como lo atestiguan las economías china y australiana.
La argucia más peligrosa de Luzbel es que puede disfrazarse de ángel de luz. Los sistemas económicos manejados por tres o cuatro dueños disfrazan sus venenos de bienes de consumo deslumbrantes y los inoculan a través de los medios en las masas hipnotizadas por el brillo de Mamón. No es fácil de explicar, por ejemplo, que un país como Colombia, de vocación agrícola y ecoturística, que tenía agua en abundancia, prefiera la explotación minera y los monocultivos; o que China e India —que habrían podido optar hace tres décadas— hayan preferido el camino de la industrialización extrema a expensas de la salud de sus propios habitantes. Porque se sabe, por el ejemplo de los “países ricos”, que el juego de ensuciar primero para limpiar después es imposible.
Desde luego habrá cambios y la esperanza no se pierde. Hay una infinidad de individuos y comunidades conscientes que cotidianamente siembran árboles y protegen sus terruños y sus almas. Pero son aún fuerzas incipientes y difícilmente tendrán apoyo político inmediato. Por fortuna el mal lleva consigo los gérmenes de su propia destrucción. Es cuestión de tiempo y de hacerse mejor como individuos.
La lección del planeta será dura y clara y cuando llegue el momento de actuar debemos estar preparados para sembrar una semilla nueva.