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Nada describe mejor la realidad de Buenaventura que el título de la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas.
La escribió para exorcizar tal vez lo visto y lo vivido en el Congo: la huella arrasadora y demencial del rey Leopoldo II de Bélgica, que además inspiró Apocalypse now, la monumental película de Francis Ford Coppola sobre el infierno de la guerra de Vietnam. Buenaventura es eso y más: miseria, violencia, humillación y desesperanza, una degradación humana que conduce a un socavón invencible de pobreza material y de barbarie cotidiana.
Una degradación que rodea el enclave económico portuario, una trasnacional modernísima donde se articulan capitales colombianos, chinos, suecos, chilenos, filipinos, españoles, que mueve un billón de pesos al año, del que a Buenaventura poco o nada le queda. Un negocio de propietarios que aterrizan en áreas cercadas por la seguridad privada, manejado por directivos criollos y extranjeros que no se contaminan con la realidad de esta ciudad de 500.000 habitantes sin agua potable ni alcantarillado. Poco o nada han revertido a la comunidad estas exitosas compañías en estas dos décadas de enriquecimiento e indolencia, en las que han visto a la dirigencia política y a los funcionarios y autoridades públicas locales hundirse en el lodo de la corrupción y la ilegalidad en un silencio cómplice. No se han inmutado, porque así, débiles, cínicos y corruptos, les resultan estos funcionarios más funcionales a sus propósitos económicos cortoplacistas.
El hecho es que el modelo de apertura y privatización de puertos que implementó el gobierno de César Gaviria ha contribuido a profundizar, con una crudeza repugnante en Buenaventura, la brecha entre un puñado de ricos, riquísimos y miles de pobres, pobrísimos. De los cuales al menos una tercera parte son jóvenes atrapados por la violencia del no futuro cuyo único ingreso depende de las actividades del narcotráfico. Este diabólico negocio que se alimenta de la degradación de estos miles de muchachos crecidos en la marginalidad que son los que ejercen y padecen la violencia. Víctimas y victimarios subordinados a los capos de las dos bandas que batallan por el control del negocio: los Urabeños y la Empresa, que los contratan para colocar toneladas de cocaína en las costas mexicanas y de Centroamérica. De eso viven y en eso mueren, en la ruta o en las calles de Buenaventura.
Y ahora más que nunca. Porque el rigor de la persecución policiva al narcotráfico en México se ha sentido, con un eco sonoro y violento en el Puerto, dejando ociosas pandillas enteras de muchachos entrenados para delinquir que usan ahora sus armas y su poder intimidatorio contra los vecinos de los barrios. Son ellos los que amenazan y “boletean” tenderos y comerciantes, maestros y empleados, oficinistas. Y se matan entre ellos en esta guerra inútil por centavos, por migajas, en la que la vida ha perdido todo su valor.
Recorrer estos muladares urbanos que son los densos barrios de Buenaventura armados con precarias viviendas que expulsan a la gente a sobrevivir arrumada en la calle, no es otra cosa que un descenso a los infiernos donde sólo cabe afirmar, como lo hizo Kurtz, el personaje de Conrad, de regreso moribundo del Congo: ¡esto es el horror! Un horror que avergüenza como país y que pareciera no tener salida.