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Antibióticos: tesoro en el fondo del mar

Creíamos tener bajo control a la mayoría de nuestros más letales enemigos: las bacterias. Pero han aprendido a resistir a los antibióticos y  cada día cobran más vidas. ¿Quién podrá defendernos?

19 de noviembre de 2008 – 03:16 p. m.

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Jorge Alberto Cortés es infectólogo y hace parte del Grupo para el Control de la Resistencia Bacteriana en Bogotá. El nombre de este equipo de científicos resulta bastante sugestivo. Alguien ajeno a la jerga médica podría imaginar al instante escenas de una guerra: bacterias que amenazan la seguridad de los humanos. Lo cierto es que no estaría nada equivocado.

En un artículo a punto de publicar, Cortés y su equipo detallan la historia de 16 pacientes que en 2003 se infectaron con Pseudomonas aeruginosa en un hospital de Bogotá. En un período de varios meses, estos pacientes fueron atacados por esta bacteria que resultó resistente a todos los antibióticos al alcance de los médicos.

“La mortalidad fue muy alta”, explica Cortés, “la mitad de ellos fallecieron. Ningún antibiótico resultó efectivo y sólo lograron sobrevivir los que tuvieron una buena respuesta de su sistema inmunológico”.

La epidemia local puso contra la pared a los especialistas. El temor a que se saliera de control la bacteria obligó a las directivas del hospital con el apoyo de Cortés y su grupo a tomar medidas extraordinarias: desinfectar las salas donde permanecieron los pacientes, revisar los protocolos de manejo y educar al personal para que extremaran la higiene cambiando de guantes y cuidando el lavado de manos.

Aunque el brote de Pseudomonas aeruginosa se controló y no aparecieron más casos, el doctor Cortés sabe que ése fue apenas un episodio más de un preocupante fenómeno global: las bacterias están desarrollando resistencia a los antibióticos.

Regresa un enemigo

Aunque hoy nos preocupan más las enfermedades cardiovasculares, el sida, la obesidad, el cáncer, la diabetes o el alzheimer, la verdad es que nuestros mayores enemigos a lo largo de la historia han sido los microorganismos.

La expectativa de vida de los seres humanos en la edad media no superaba los 25 años y a finales del siglo XIX apenas llegaba a los 60 años. Esto porque la mayoría de personas sucumbían a enfermedades infecciosas. Morían por un absceso en una de sus muelas, por infecciones en heridas de la piel o en sus vías respiratorias, por diarreas, por enfermedades venéreas. Bacterias y parásitos diezmaban poblaciones enteras.

En el siglo XX las cosas cambiaron a nuestro favor. El azar quiso que el científico escocés Alexander Fleming descubriera que la penicilina, una sustancia producida por un hongo, mata las bacterias. A partir de ahí, una avalancha de nuevos descubrimientos atiborró las farmacias con decenas de antibióticos. Las bacterias comenzaron a parecernos un enemigo menor. Nuestra expectativa de vida comenzó a escalar hasta sobrepasar los 80 años en algunas latitudes.

Pero el parte de guerra hoy no es nada alentador. De acuerdo con el Centro para el Control de las Enfermedades de Estados Unidos, en 2006, cerca de dos millones de pacientes en Norte América padecieron una infección contraída dentro de los hospitales. El 70% de esas infecciones son producidas por bacterias resistentes a los antibióticos más comunes, lo que incrementa el riesgo de morir, los costos del tratamiento y la estancia en el hospital. En Colombia, de cada mil pacientes que llegan a un centro médico, entre dos y diez se infectan con una de estas bacterias.

Klebsiella pneumoniae, Staphylococcus aureus, Acinetobacter, Enterobacter, y  Pseudomonas son algunos de los nombres que han vuelto a aterrorizar a los médicos. Pero quizá la parte más desalentadora de esta historia es que mientras aumenta la resistencia a los antibióticos, disminuye el interés de la industria farmacéutica por descubrir nuevas moléculas para combatir microorganismos.

La Food and Drug Administration, agencia del gobierno norteamericano que otorga las licencias para comercializar fármacos, ha reportado un descenso del 56% en el número de aprobaciones para agentes antibacteriales en los últimos 20 años. Una tendencia que tiende a empeorar.

¿Quién quiere invertir en medicamentos para curar enfermedades en un corto período de tiempo si se pueden enfocar los esfuerzos en el desarrollo de fármacos que deben consumirse por varias décadas?, se preguntan los especialistas.

Mientras un tratamiento con antibióticos ronda los 100.000 pesos, las terapias contra el cáncer cuestan varios millones y drogas como el Lipitor, reductores del colesterol, obligan a los pacientes a tomarlas por décadas a un costo que supera los 200.000 pesos mensuales.

En el fondo del mar

La respuesta que médicos como Jorge Alberto Cortés están buscando para combatir infecciones en las próximas décadas, cuando las drogas que conocemos resulten obsoletas, quizá se esconde en el fondo del mar. Así lo cree William Fenical, director del Center for Marine Biotechnology and Biomedicine de la Universidad de San Diego.

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Con su camisa abigarrada y con motivos playeros, Fenical da más la impresión de un veterano marino que la de un científico de frontera. Ante un grupo de periodistas y representantes de la industria farmacéutica, en uno de los salones de su instituto, advierte que el problema de la resistencia bacteriana “es apenas la punta de un iceberg que no está siendo detectado. No es un tema del que esté hablando la sociedad”.

Continúa con un tono ligeramente apocalíptico: “Los médicos no saben qué hacer. La gente se está muriendo. Si no tenemos nuevos antibióticos, en una década tendremos miles de muertes al año. La gente está tranquila porque hay miles de antibióticos en el mercado, pero esos no van a funcionar”.

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Por más de dos décadas, Fenical ha enfocado su investigación en la búsqueda de nuevas moléculas en el fondo marino. Su equipo ha identificado 13 nuevos grupos de bacterias y cerca de 7.000 cepas. “En cultivos de laboratorio, estas bacterias producen una cantidad asombrosa de moléculas con potencial de contribuir al tratamientos de infecciones”, dice Fenical. Por supuesto, el camino es largo. Llevar un medicamento al mercado, pasando todas las fases de investigación, en promedio toma de 15 a 20 años.

Los pocos recursos para estas investigaciones no desaniman a Fenical. En botes y utilizando un robot que se sumerge hasta tocar los lodos del fondo marino, este grupo sigue recolectando muestras de la microfauna del océano. Siempre con la esperanza de encontrar el tesoro soñado: nuevos antibióticos capaces de poner a raya a las bacterias de siempre.

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Las últimas noticias indican que no están solos en la búsqueda. El Instituto Nacional de Salud de E.U. asignó cuatro millones de dólares a un grupo de científicos norteamericanos y filipinos para buscar nuevas moléculas farmacológicas entre los moluscos de la región de Filipinas.

Mientras el fondo del mar revela algunos de sus secretos a estos investigadores, el infectólogo Jorge Alberto Cortés, actual presidente de la Asociación Colombiana de Infectología, advierte que la estrategia más eficaz por ahora es usar juiciosamente los antibióticos. Que los pacientes no se automediquen y los galenos mantengan una vigilancia estricta en cada caso.

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¿Por qué se hacen resistentes?

Las teorías para explicar la creciente resistencia de las bacterias a nuestro arsenal de antibióticos consideran varias causas. Según Stuart Levy, de la Escuela de Medicina de la Universidad Tufts, quien se ha dedicado a investigar el fenómeno de la resistencia, son tres los principales cambios en la estructura o fisiología de las bacterias para sobrevivir al ataque de los antibióticos.

La tríada de cambios implica una mutación en el material genético de la bacteria, bien sea a través de una alteración propia o copiando esos cambios de otras cepas.

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Una de las posibilidades para resistir a los antibióticos es la fabricación de una enzima que le permite “cortar” o modificar las moléculas del antibiótico inactivándolo.

Una segunda estrategia es que las bacterias desarrollan mecanismos para expulsar el antibiótico a través de pequeñas vesículas una vez la sustancia ha traspasado su membrana celular. Levy fue uno de los primeros en señalar la existencia de este mecanismo. Aunque fue recibido con escepticismo, hoy se cree que en efecto es un mecanismo común.

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En tercer lugar, pueden ocurrir mutaciones en los componentes de la bacteria de tal manera que los antibióticos pierden efectividad.

Para los especialistas, el problema radica en el uso indiscriminado de los medicamentos. Un reporte de 1998, señaló que el 55% de los antibióticos recetados para pacientes con problemas respiratorios no era necesario.

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De otra parte, se cree que parte de este fenómeno de resistencia se debe al abuso de los antibióticos en la industria veterinaria. A muchos de los alimentos para ganado se les añaden pequeñas concentraciones de antibiótico que eliminan bacterias del intestino de los animales, para que estos crezcan y engorden más rápido. Ése uso habría generado parte del problema.

Un descubrimiento accidental

El descubrimiento del primer antibiótico, la penicilina, por parte del médico escocés Alexander Fleming, es una de las historias más apasionantes de la medicina. Fleming trabajaba en el Hospital St. Mary de Londres. Al estallar la Primera Guerra Mundial se convirtió en médico militar. Impresionado por la gran cantidad de muertes entre los heridos, al final de la guerra regresó a su laboratorio para investigar nuevos tratamientos.

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En 1928, por un descuido, una de las placas en las que había sembrado Staphylococcus aureus (una de las bacterias más comunes) se contaminó con un hongo. Fleming notó que en ese cultivo contaminado la bacteria no se pudo reproducir. Más adelante estableció que aquel hongo, Penicillium notatum, producía la sustancia que destruía las bacterias. La penicilina se convirtió desde entonces en uno de los grandes descubrimientos de la humanidad. Desde entonces, millones y millones de personas han salvado sus vidas gracias ella.

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