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Los acueros de Bretton Woods estipulan que EE.UU. debe mantener la convertibilidad del dólar, en oro, a US$35 por onza; sin restricciones ni limitaciones. En 1970, suspendió este compromiso; fue un incumplimiento de su deuda externa.
Hoy el oro no es el ancla que limita la emisión de moneda. Los bancos centrales pueden imprimirla, por el poder de la “circulación forzosa”. El oro sigue siendo un activo de reserva; muchos países lo guardan en las arcas de Fort Knox, en Kentucky. Si un país transfiere oro para pagos de deuda externa, este no se traslada, se define que los lingotes que pertenecían al país A, ahora son del país B.
Hay un antecedente histórico. P. Tabori analiza la moneda usada en la islas Palau, en el Pacífico. Como esta carece de metales, usar como moneda las conchas marinas o las frutas, genera inestabilidad. En una cantera situada a 200 millas se fabricaban inmensas ruedas de molino; el esfuerzo de hacerlas y transportarlas le daba el valor a la piedra; así, una de 12 pies de diámetro equivalía a US$1.000. En la isla, las piedras no se movían: si alguien quería comprar algo, iba con testigos y transfería la propiedad al vendedor. No tienen lenguaje escrito, el convenio es verbal y se respeta. Este sistema se usó hasta principios del siglo XX.
Algo similar ocurre con la moneda bitcoin. El “dueño” de los bitcoins sólo tiene un algoritmo que le permite transferirlo como pago, sin intervención de ningún intermediario financiero. No hay peligro de depreciación, pues sólo estarán en circulación 21 millones de unidades. A la fecha se han creado 12½ millones de unidades. Para remunerar a los “mineros” que facilitan las transacciones se les paga en nuevas y pequeñas emisiones. Crear un nuevo bitcoin requiere gran capacidad de cómputo y sofisticados algoritmos.
Los sistemas de encriptación más utilizados por el sistema financiero son los de clave de encriptación pública; para descifrarlos se requiere conocer un número, la clave secreta. El procedimiento se basa en la dificultad computacional de factorizar un número de varios centenares de cifras. Lleva el nombre de R.S.A., en honor de sus creadores Rivest, Shamir y Adleman. Los algoritmos de bitcoin son más eficientes que los de R.S.A.: usan propiedades de las curvas elípticas, que no son elipses. Utilizan 10 veces menos bits que el R.S.A., para obtener la misma calidad de encriptación. El emisor y el receptor sólo tienen que conocer los parámetros de la curva y un punto de ella, para intercambiar información; adicionalmente pueden detectar la autenticidad del envío. El mes pasado, la compañía japonesa de inversiones Mt. Gox se declaró en bancarrota. Su sistema fue “hackeado”. Los clientes perdieron US$490 millones.
El precio del bitcoin, que estaba en US$1.100, se redujo a US$700; este ultimo precio es 16 veces superior al registrado hace un año. Los enemigos de la moneda virtual alertan sobre el riesgo que supone invertir en ella; los defensores dicen que el rescate de los inversionistas no se hace con recursos del contribuyente, además que en los sistemas regulados hay crisis como la de Lehman Brothers.
El anonimato en las transacciones del bitcoin, al no existir intermediarios, permite usarlo para transacciones del narcotráfico; en el sistema financiero regulado también se realizan operaciones de lavado de dineros. Hay más control sobre esta operación, pero no tanto sobre los dineros de la corrupción.