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Los ascensores y el alma colombiana

Rafael Rivas
18 de marzo de 2014 – 11:00 p. m.

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Dicen los científicos políticos que en las sociedades que funcionan bien la gente desarrolla un alto grado de confianza en los demás y en la comunidad.

Esta confianza recíproca se refleja en el comportamiento de  cada individuo con sus semejantes y permite relaciones comerciales más rentables y relaciones personales más amables. En términos económicos, reduce los costos de transacción y, en términos humanos, hace la vida más grata.

En cambio, en sociedades malsanas, la desconfianza es rampante. La gente invierte mucho tiempo y muchos recursos en tratar de protegerse de la supuesta mala voluntad de los demás y, desgraciadamente, a veces como mecanismo de defensa, en engañar al prójimo. Así también son las relaciones con el Estado; truculentas y llenas de trámites. Los ciudadanos no confían en el Estado y el Estado no confía en los ciudadanos. Para la muestra un botón: el alcalde Petro difícilmente se refiere a los empresarios que le venden servicios al Estado sin tildarlos de mafiosos.

La desconfianza se refleja no solo en las relaciones con las instituciones, sino en el comportamiento de cada día. Parte de los trancones y accidentes de tránsito se tiene que atribuir a la falta de consideración de los conductores con sus semejantes. Como el caso del conductor que insiste en ser el último que pasa el semáforo, aunque este ya esté en rojo y sepa que no va a alcanzar a pasar la intersección, porque cree que si no lo hace, quienes vienen en dirección perpendicular sí lo harán. O la incapacidad de los conductores de transitar por la derecha y dejar el carril izquierdo para sobrepasar. Quienes conducen así en Colombia, salen de vacaciones al exterior e inmediatamente empiezan a tener un comportamiento ejemplar, por el solo hecho de que creen que los demás sí se portarán bien.

En casos como el anterior, el comportamiento puede ser modificado con grandes esfuerzos educativos y un poco de represión. Dos cucharadas de Mockus y una de Uribe. Si se lo proponen, las autoridades de tránsito podrían cambiar los hábitos más claramente nocivos de los conductores. Y les daría a los miles de policías de tránsito algo que hacer. A menos de que se hayan puesto de moda las chompas verdes, Bogotá debe ser la ciudad con más policías de tránsito del mundo. Se les ve mucho, pero se les ve hacer poco. La impuntualidad crónica probablemente hace parte del mismo fenómeno.  ¿Para qué llego a tiempo si me van a atender tarde?

Pero, psicológicamente, es todavía más interesante ver cómo la desconfianza se extienda aún a las relaciones con las máquinas. Por ejemplo, a la manera en que los colombianos nos relacionamos con los ascensores. Pensaría que casi la mitad de nosotros, cuando llama un ascensor, oprime ambos botones, el de arriba y el de abajo. Para ver cuál llega primero. El resultado es obvio: la mitad de las veces llega primero el que no queremos. Se pierden varios segundos mientras la persona pregunta: ¿sube o baja?, como si tampoco pudiera confiar en las luces indicativas, que señalan claramente cuál ascensor llegó, precisamente porque fueron diseñadas para eso. Luego de unas risitas nerviosas, pedimos perdón y dejamos pasar el ascensor lleno hacia su destino original, mientras esperamos el otro, que no llegará ni antes ni después por el hecho de haber llamado también al ascensor equivocado. Por si acaso. No se pierde más de medio minuto en este episodio trivial. Pero se repite millones de veces al día en todo el país y su costo agregado, en tiempo perdido, no debe ser menor. Esta costumbre casi inconsciente no tiene mayor explicación, fuera de ser un ejemplo patológico de los efectos que pueden tener la falta de confianza en la manera cómo funcionan las cosas.

La desconfianza de los ciudadanos en sus semejantes y el en Estado tiene manifestaciones graves. Pero también tiene una multiplicidad de manifestaciones menores, que tomadas una por una, constituyen apenas irritantes pasajeros. Pero su efecto acumulado no es menor. Desmejora la calidad de vida y tiene costos económicos altos. Por eso, las campañas de educación cívica, que podrían parecer utópicas, sí tienen grandes efectos si se mantienen en el tiempo. Podríamos no estar condenados a las risitas de los ascensores para toda la eternidad.

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