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Inmenso resplandor con el que muere Fernando Botero. Envidiable, aunque ¿puede alguien envidiar la muerte? Ni el rey de España Felipe II, quien fue a dar con toda la gloria de sus huesos al Escorial, pero al sitio que tiene por nombre el Pudridero.
Qué gran hombre fue Botero. Gran pintor y, de modo imbatible, el más constante y el más prolífico. Y, cómo no, el más internacional. También lo han nombrado como el más generoso: ha donado obras al por mayor, sin duda para su gloria y consagración. A Medellín, ciudad de muchos, la inundó con sus formas rotundas, de tal modo que ahora la llaman la Ciudad-Botero.
Gran pulimento el de su pintura, estupendas dimensiones. Cómo pudo este ser laborioso emprender la escultura monumental y gruesa después de los 40 años. ¿Cómo eran sus bocetos táctiles, también inmensos? Solo tengo imágenes de un antioqueño en el exterior, en mangas de camisa, como vimos a tantos bajo el sol de Antioquia. “Antioqueño no se vara”, oíamos decir desde niños. Yo me refugiaba de tanto pragmatismo en la timidez de mi madre, pintora también ella, académica, olvidada, aunque por su taller hubiera pasado brevemente la arrogante Débora Arango.
Botero pintaba a la perfección, era el acabado de sus cuadros como el de Murillo (en las esquinas del lienzo, una terminación de labor perfecta); él sí, a diferencia de Débora, daba un toque pulido a cualquier rincón de la obra por donde pasara su brazo.
Colorido alegre, contexto risueño, caricaturas admirables. Un “avistador” de su obra quisiera conocer al festivo autor, pero tropezaría con el rostro adusto, el rictus amargo, las gafas negras esféricas, las frases cortas de un tipo despedidor en mangas de trabajo que no quiere ser interrumpido. No desea ver más que a los suyos y es tímido con los demás. Ahora cuando se dice que la gente genial está más o menos tocada o aparece tirada en su oficina de trabajo, este sería otro lindo caso para “asperjar”; ensimismamiento como el de Forrest Gump (“corre, Forrest, corre”), porque se estaría ante un hombre que trabaja sin parar.
Este suramericano que se impuso en Europa llegó a manipular a la Mona Lisa y al Renacimiento, del que tomó colores y formas sin acatar la religiosidad de sus temas. En escultura exhibió en plaza pública desnudos de redondismos exuberantes con hermosas superficies de bronce pulido que el público moderno le aceptó.
Me causa nostalgia la pérdida de la calle Calibío del Medellín natal. Allí la piqueta que derribó para construir el parque de las “gordas de Botero” disolvió Calibío y, con ella, la vieja casona que nos vio nacer, la clínica del tío Gil J. Gil, también famoso en Antioquia, mucho después de Berrío y antes de Botero. Porque Medellín ha sido de muchos.
Muy grande Botero. Su obra, sin embargo, no es posible que nos guste a todos.
