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Ante sus problemas de legitimidad, el sistema político colombiano había perfeccionado un atajo para simular legitimidad democrática: el clientelismo.
Eso le permitió, en la segunda mitad del siglo pasado, ser una isla en un subcontinente caracterizado por el populismo, el caudillismo y el autoritarismo. Y mediante un pacto entre el poder nacional y el regional, que el Gobierno Nacional quedara en manos de una élite tecnocrática liderada por presidentes como Alberto Lleras, Carlos Lleras, Virgilio Barco y César Gaviria, que instituyó reformas de corte liberal, manteniendo la tradición modernizante iniciada por Olaya Herrera y López Pumarejo en los años treinta. Durante ese período algunos procesos fueron truncados por gobiernos conservadores, como la reforma agraria de Lleras Restrepo, desmontada por Misael Pastrana.
Esa etapa terminó con el cambio de siglo. En 2002 el neopopulismo llegó gracias a la confluencia de crisis económica y de seguridad, terminando casi dos siglos de dominación del bipartidismo, con la propuesta de derrotar a la guerrilla y la politiquería. No despertó las fuertes prevenciones del establecimiento frente al populismo, surgidas del fenómeno Gaitán, porque interpretaba una necesidad sentida en materia de seguridad, y porque gracias a su orientación conservadora no representaba riesgo para el statu quo. El hecho de que Álvaro Uribe provenía de las entrañas de la élite regional implicaba una suspensión del pacto entre el poder nacional y el poder regional, pero por la crisis de seguridad y el pasado partidista de Uribe parecía justificada e inofensiva.
La condición neopopulista del proyecto político de Uribe pareció desaparecer porque la lucha contra las Farc se institucionalizó y recibió el apoyo firme del gobierno Bush, y la bandera contra la politiquería no sólo murió, sino que el gobierno Uribe se alió con el clientelismo y protegió a su sector más degradado, el parapolítico. Para conseguir el apoyo del Congreso a su reelección, Uribe terminó esparciendo el clientelismo por siete partidos políticos con el objetivo de debilitar a su partido de origen, el Liberal, quedarse con las banderas del Conservador, crear un partido mayoritario propio, el de la U, y esconder la parapolítica en pequeños partidos (Alas/Equipo Colombia, Convergencia Ciudadana, etc.).
Pero ante el regreso de Juan Manuel Santos a la tradición reformista liberal y su postura favorable a la salida política al conflicto armado y a la necesidad de solucionar los problemas de ilegalidad e inequidad del campo, Álvaro Uribe intentó competirle por el apoyo del clientelismo, especialmente de los partidos de la U y Conservador. Ante el fracaso de ese esfuerzo, Uribe desempolvó sus banderas populistas contra las Farc y la politiquería.
La fase dos del neopopulismo es mucho menos inofensiva, porque, a diferencia de la primera, profundizará la división del establecimiento y en su combate del clientelismo (“Congreso ilegítimo, trampa”) podrá deteriorar hasta el colapso la escasa legitimidad que le queda al sistema político, legitimidad que se requiere para construir la paz. El fenómeno del voto en blanco es el rechazo de los ciudadanos a la venezolanización de la política, que es la degradación extrema del sistema político.