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Mientras algunas familias se alistan para la Nochebuena, casi 10.000 lloran la ausencia de algún ser querido, víctima del COVID-19. El repunte de las muertes y los contagios preocupa de nuevo, y por la dinámica que se ha visto en diciembre en la ciudad, es probable que enero arranque con un peor panorama. Por eso, no solo Bogotá sino otras capitales vienen tomando medidas para tratar de contener el segundo pico de la emergencia o, al menos, reducir su impacto.
Por eso, evitar aglomeraciones, mantener las prácticas de autocuidado, usar bien el tapabocas, conservar el distanciamiento y lavarse las manos son llamados simples que se vienen repitiendo todo el año hasta el cansancio. Pero parece que para algunos se volvieron paisaje y bajaron la guardia. “No me demoro”, “yo me estoy cuidando bien”, “es una reunión pequeña” o “eso no pasa nada” son frases que muchos usan para justificar su buena suerte hasta el momento.
Solo los que ya recibieron el COVID-19 en sus casas, con el contagio de un amigo, un vecino o un ser querido, saben de su importancia. Y más los que han tenido a un familiar en una unidad de cuidado intensivo o los que han perdido a alguno sin la posibilidad de darle el último adiós. “No creía en la pandemia; pero me contagié y luego contagié a mi padre. Lo perdí”, dice con remordimiento un manizaleño, que sigue de luto y sabe que estas noches no tendrán nada de buenas.
Detrás de esta escena, que es la más trágica de la emergencia, hay una cadena de momentos que pasan de la tranquilidad y la negación a la angustia y la zozobra en cuestión de segundos. La alerta comienza cuando alguien cercano manifiesta síntomas. “‘Esto es una gripita, nada más. Ya se me pasa’, fue lo que dije, descartando la posibilidad de estar contagiado. Pero empezó la duda y alguien me pidió hacerme la prueba”, relató otro ciudadano, quien tuvo la fortuna de que su caso no terminara en tragedia.
Cuando alguien es el primer sospechoso en la familia, los días siguientes son expectativa. La situación se maneja con reserva, para no generar alarma. Cuando sale negativo, se siente alivio y la tranquilidad retorna, y en la mayoría de los casos todos siguen con la dinámica habitual; pero cuando la prueba sale positiva, esa seguridad de ser inmune al virus se vuelve angustia. No solo por la suerte que el contagiado pueda correr, sino por su entorno.
Es cuando se toma consciencia del riesgo en el que quedan los abuelos, de las comorbilidades de los padres, de la posibilidad de ser el detonante de una cadena de contagios y del remordimiento, pues dos de cada cien contagiados fallecen. De las víctimas fatales contabilizadas a la fecha 2.148 tenían entre 60 y 69 años; 2.371 tenían entre 70 y 79, y 2.610 tenían más de 80. En resumen, 7.129 de los casi 10.000 fallecidos por COVID son adultos mayores.
Y no solo el contagiado empieza a analizar cada uno de sus pasos, a pensar en sus últimas salidas, las personas o sitios que visitó, para tratar de identificar el momento del contagio y a quienes pudo haber contagiado. Las personas cercanas también lo hacen.
A todos les invade el afán por hacerse la prueba. Llaman a la EPS. Son minutos eternos escuchando una máquina, antes de que un humano atienda. La zozobra aumenta cuando escuchan que deben aislarse y tener paciencia, porque los laboratorios están congestionados. Todos quieren el examen ya. Algunos pagan y se lo practican de forma particular. A otros no les queda más que esperar, cuando saben que vale entre $80.000 y $300.000.
A la fecha, se han realizado casi 1,7 millones de pruebas, lo que equivale a que uno de cada cuatro capitalinos han consultado para descartar o confirmar el contagio. Y del total de muestras, a la fecha, uno de cada cuatro sale positivo.
Lo siguiente es inseguridad. En especial cuando se llega al sitio de la prueba. Si bien todos los laboratorios tienen estrictos protocolos de bioseguridad, es inevitable sentirse intranquilo en un lugar donde todos están allí por sospecha de coronavirus. Cualquier cof cof o estornudo aumenta el pánico. Hasta tocar el dispositivo para aplicarse gel da desconfianza. Luego de la incómoda experiencia de sentir una manguera o un hisopo largo entrando por la nariz hasta casi acariciar las amígdalas, empieza el conteo regresivo de los 7.200 minutos que le dicen que, como mínimo, debe esperar por el resultado.
El contagiado se aísla (en los hogares donde se puede hacer); todos en la casa, ahora sí, empiezan a usar el tapabocas; el alcohol, el jabón y el gel se vuelven indispensables, y las puertas de los cuartos permanecen cerradas. Los que pueden aislarse en otro lado lo hacen, huyen. La confianza se pierde. Son días largos en los que se revisa a cada instante el correo esperando el diagnóstico.
Se empieza a estar más pendiente de la temperatura corporal; algunos compran oxímetros para monitorear la saturación de oxígeno; se agudiza la sensibilidad frente a cualquier síntoma: una carraspera en la garganta, dolor de cabeza o hasta una indigestión los lleva a pensar que es inevitable ser un nuevo positivo por coronavirus.
Se aprovecha cualquier momento para buscar esa información, que lleva casi todo el año en los medios, pero que en su momento no se le prestó atención, y aprenden cómo evoluciona y se comporta el virus: a los cuántos días empiezan los síntomas, a toparse con conceptos como la ventana de contagio y en qué momento hay más posibilidades de infectarse o infectar a otro.
Calendario en mano se hacen cuentas y un inventario de cuándo y cuántas veces estuvo cerca, hablaron, almorzaron, se abrazaron con el contagiado; si tomaron del mismo vaso, cuándo fue la última vez que visitaron a los abuelos y qué tanto aplicaron medidas de bioseguridad. Todos llegan a un punto en el que se dan cuenta de que fueron tantos los momentos en los que estuvieron expuestos, que es casi imposible determinar el día que el virus entró por la puerta de la casa.
En algunos casos, la tranquilidad se empieza a recuperar, poco a poco, cuando algunos reciben el resultado negativo. Para los que salen positivos empieza otra historia que se hace más compleja cuando el malestar empeora y solo termina cuando superan los quince días en los que se supone ya no se es un agente de contagio. Es momento de contar la historia de “cómo me sentí con el COVID-19”.
Pero la odisea es otra para quienes el virus los deja postrados en una cama de su casa o a los que los manda directo al hospital. Para ellos esa tranquilidad tarda en llegar o nunca llega. Hoy las cifras muestran que en lo corrido del año se han contagiado en Bogotá casi 430.000 personas; es decir una de cada 18. Y si se tiene en cuenta que en la capital hay 2,5 millones de hogares, eso indica que en uno de cada cinco alguien estuvo o está contagiado.
Aunque casi el 90 % de los que tuvieron coronavirus por fortuna están recuperados, es importante resaltar que están activos 32.000 casos, la mayoría pasando la enfermedad en sus casas. Esto, sin contar los asintomáticos, que sin saberlo podrían estar regando el virus a cuanta novena asisten. De ahí la necesidad de reiterar por millonésima vez la importancia del autocuidado y más en esta época de celebración. Recuerde que cualquier medida o precaución que se tome en la ciudad o en los hogares es poca. Es más, se hace necesaria para cerrarle la puerta a un virus y a una pandemia que sigue vigente.