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La vida es evolutiva: se supera a sí misma, crea nuevas formas. Nosotros, los humanos, también estamos diseñados para ir más allá de nuestros propios límites y extendernos hasta habitar espacios que no imaginábamos; somos individuos trascendentes.
De tal suerte, tenemos el poder de imponernos sobre las dificultades, de florecer desde la adversidad hacia el bienestar. No obstante, con frecuencia las dificultades o el dolor nos conducen por la dirección contraria y, entonces, con igual fiereza nos orientamos hacia la desesperanza, la venganza y la guerra.
Sin duda se requiere de un alma grande para generar oportunidades de convivencia con alguien que nos ha hecho daño. Se sabe que convertir un enemigo en aliado es uno de los actos de trascendencia más difíciles de alcanzar, pero, con certeza, también es el que mejor nos conecta con la grandeza interior.
Parece paradójico, pero merecemos conocer la grandeza que habita en nuestro corazón, aunque para ello debamos reconciliarnos con el antiguo rival.
Reconciliarnos significa permitir y favorecer que el otro regrese a formar parte del grupo, es imaginar y crear con el viejo adversario un nuevo lugar en el que no sólo sea útil sino que, además, lleve un vida digna.
Si elegimos este sendero, el recuerdo de las lesiones y dolores recibidos activarán en nosotros voces internas que se oponen y nos dicen que estamos renunciando a principios, que actuamos como si nos gustaran o aprobáramos los actos lesivos, que parecemos cómplices del jefe que acosa, del vecino que roba o, peor aún, del guerrillero que secuestra y asesina.
Esta voz puede alejarnos de la reconciliación. Pero es que no buscamos el perdón y la paz por cómplices ni por cobardes, sino más bien porque creemos en la validez de la paz, en la construcción de una coyuntura distinta para nuestros hijos y para la humanidad. Setenta y cinco siglos, y más, de intentar la guerra como solución a las heridas y al sufrimiento son prueba suficiente de su inutilidad.
Sucede que el “victimario” también siente o cree que actuó porque a él se le violó algún derecho. Él, igualmente, relata una historia en la que fue víctima y explica su crimen como un modo de restablecer la justicia, frente a la intimidación que declara haber recibido. La violencia y la venganza sólo reproducen violencia y venganza, desde allí no hay futuro.
Se trata de pasar la página trascendiendo el dolor de unos y elevando el nivel de conciencia de los otros. Es imperativo sanar y trascender el sufrimiento en la víctima, es urgente que el victimario experimente empatía y compasión frente al daño que generó. La reconciliación es, entonces, la vía regia.