Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Obvio que, hace ya un año, viví una entre varias millones de alegrías repartidas en el mundo entero, al saber que el humo blanco vaticano celebraba a un argentino.
Hincha del Racing de Avellaneda, para añadirle almizcle al postre. Y a lo largo del año transcurrido desde entonces hasta acá, le he ido sumando tanto como restando a mis apuestas convencidas. Que es dueño de Renault 4. Que va a revisar a fondo las cuentas financieras de su encomienda, de la mano de prestigiosos expertos en esas alquimias. Que la reunión de cuaresma la hará modestamente y por fuera del entorno fastuoso que le impone su dignidad sobre la tierra. Que no se siente quien para juzgar la orientación sexual de las personas, feligreses o no.
Pero una resta sustancial si le tengo que marcar mientras se aclaran implicaciones y se despejan interrogantes. Se trata de su reciente exhortación, en muchas partes estupenda, titulada Evangelii Gaudium, que uno traduciría como la alegría de la evangelización, mas o menos. Después de abogar por la flexibilidad y la tolerancia en el primer capítulo, el Papa considera conveniente, antes de abordar las cuestiones fundamentales del sacerdocio, “recordar brevemente cuál es el contexto en el cual nos toca vivir y actuar”, aceptando, con una sincera modestia de entrada, que “No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea”. Parte esencial de esa realidad es la exclusión social de los menos favorecidos, no ya la mera explotación, la cual, según la exhortación, proviene de algo que llama la “globalización de la indiferencia” basada en el “fetichismo del dinero”, patología que compara con la adoración del becerro de oro.
Critica sin pelos en la lengua, o en la pluma, a las minorías cuya riqueza crece exponencialmente asi como la “ideología que defienden la autonomía absoluta de los mercados”, la cual niega el derecho de control del Estado, al cual ve, contrario a la cruda visión del mercado y su ideología, como garante del bien común. Mas fuerte todavía, el Papa plantea que “este sistema” y la actitud que implica “esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios”, ni mas ni menos. Luego remata citando a un sabio de la antigüedad, quien consideraba que “no compartir con los pobres es robarles (…) no son nuestros bienes que tenemos, sino suyos”.
En gran síntesis, pues, el Papa nos está diciendo, o por lo menos sugiriendo de manera muy fuerte, dos cosas muy de fondo. Primero, que el ánimo de lucro y las instituciones sociales que lo amparan y defienden, constituyen un atentado contra la ética y contra Dios mismo. Segundo, que el Estado es el garante del bien común, o sea el indicado para asegurar la permanente vigencia social de la ética. Tercero, si bien no lo afirma, si dice que hay sabiduría detrás de la idea de que los bienes materiales conquistados en el ejercicio exitoso del ánimo de lucro no pertenecen a quien, en efecto, las conquistó.
El papa decidió, entonces, meterse de lleno en la filosofía moral, de la cual son herederos D. Hume y A. Smith. Y decidió hacerlo del lado de quienes se han negado a ver, por dos siglos ya, algo que resulta evidente: el crecimiento económico se estrenó con la revolución industrial y la revolución industrial es la encarnación sofisticada del ánimo de lucro, amparado en instituciones que llevaban gestándose cien años. A su vez, el crecimiento económico ha sido el vehículo a través del cual la esperanza de vida al nacer en Inglaterra pasa de los 35 años que tuvo por los siglos de los siglos que duramos sin descubrirlo, a 40 años en 1850, 50 en 1910, 65 en 1950, 75 en 1990 y casi 80 años hoy día. El crecimiento económico ha permitido, de similar manera, que China haya logrado reducir la población pobre en 500 millones de personas entre 1980, a punta de reformas amigables a la ética del mercado, y nuestros días.
Al contrario, al plantear que el Estado, por alguna maravilla que no discute, garantiza el imperio de la ética, no está defendiendo una virtud humana contraria a la globalización de la indiferencia. Está defendiendo a aquellos seres humanos de carne y hueso que controlan el Estado, independientemente de la manera como lograron controlarlo e independiente también de los resultados, materiales y espirituales, que le generen al pueblo.
@CarrasqAl