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En 1784 J. Mitchell Postuló que estrellas que tuvieran un diámetro 500 veces mayor que el Sol tendrían una gravedad tan fuerte que ni la luz podría escapar de ellas.
Años después, P.S. de Laplace afirmó que a los cuerpos celestes 250 veces más grandes que el Sol, la gravedad los haría invisibles, pues sus rayos no nos alcanzarían. Hoy se calcula que estrellas cuya masa sea 2,5 la masa del Sol se convierten en agujeros negros; su gravedad es tan intensa que la velocidad de escape supera la velocidad de la luz. En la superficie de la tierra la velocidad de escape de un cohete para que abandone el planeta es de 11,2 km/seg.
En la época de Mitchell y Laplace no se conocía la estructura atómica. La masa está concentrada casi totalmente en el núcleo, esto hace que una estrella con 2,5 veces la masa solar pueda colapsar a una estrella de neutrones de pocos kilómetros de diámetro.
En 1922, cuatro años después de la publicación por Einstein de su teoría de la relatividad general, un joven físico herido en la Gran Guerra, Schwarzschild, aprovechó su estadía en el hospital y solucionó por primera vez una de las ecuaciones de Einstein: la deformación del tiempo y el espacio creados por una masa esférica. Dedujo la existencia del denominado “agujero negro” (AN). Durante la mitad del siglo XX, la idea de la existencia de cuerpos celestes con campo gravitatorio tan fuerte que nada, ni siquiera un rayo de luz, podía escapar, era sólo un concepto teórico.
Observaciones astronómicas han permitido encontrar regiones del cosmos en las cuales pueden existir agujeros negros, algunos tan grandes como el que está en el centro de la Vía Láctea. Su efecto gravitacional y la radiación que emiten estrellas y otros objetos que son “succionados” por los agujeros permiten deducir su existencia.
Hace unas semana la prensa publicó un artículo bajo el título “Stephen Hawking dice que no existen los agujeros negros”. El concepto moderno de estos se le debe precisamente a Hawking, quien en 1974, utilizando una primera aproximación de la unificación de la teoría de la relatividad y la cuántica, postuló que el AN “emite” partículas y radiación. Empleó para este resultado el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica; en el horizonte, la intensidad de la fuerza gravitatoria crea en el vacío partículas y antipartículas, unas son atraídas por el agujero y las simétricas se comportan como si fueran emitidas por el cuerpo celeste.
El artículo de Hawking no elimina la existencia de su criatura; con una nueva teoría explica la conservación de la energía y la información cuando un objeto es atrapado por el AN. Los efectos cuánticos alrededor de un AN provocan fluctuaciones tan violentas que impiden que pueda existir una frontera definida, el denominado horizonte. De acuerdo con la teoría clásica, un viajero espacial atraviesa el horizonte casi sin percibirlo, como si estuviera en caída libre, pero la gran diferencia de gravedad entre la cabeza y los pies alarga su cuerpo como un espagueti. Según la nueva teoría de Hawking, la información que cae al AN no desaparece, puede emerger, pero de una forma caótica; puede ser imposible interpretarla, pero no está destruida. D. Page aclara el punto: el caos de la información en el AN es tal que interpretarla tras emerger de él sería peor que intentar reconstruir un libro a partir de sus cenizas.