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¿Qué hacer con Venezuela?

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Independientemente de las simpatías ideológicas de cada quien, es indiscutible que Venezuela es causa de preocupación regional y mundial.

Entre los hechos más inquietantes se destacan la escasez de alimentos básicos, los altos niveles de criminalidad, el aumento de la violencia (más de 20 muertos y centenas de heridos y arrestados), la posibilidad de una escalada armada entre sectores adversarios de la población civil, la persecución a los medios de comunicación (89 periodistas golpeados, robados o arrestados desde el inicio de las manifestaciones) y el desconocimiento mutuo entre el oficialismo y la oposición como interlocutores válidos en la búsqueda de una salida a la crisis.

Pese a que Caracas ha rechazado enérgicamente cualquier mediación internacional, la polarización en el interior del país exige el acompañamiento de un tercero nacional o extranjero. Pero ¿cuál? La declaración emitida por la OEA la semana pasada, en la que los países miembros se solidarizan con Venezuela, rechazan la violencia, llaman al respeto del Estado de derecho y reafirman el principio de no intervención, no se traducirá en más que eso, por inercia institucional y por la presencia de Estados Unidos. Washington no ayuda: en entrevista con El Mercurio, desde Chile, donde asistió a la posesión de Michelle Bachelet, el vicepresidente Joe Biden afirmó que la situación venezolana le recordaba “épocas pasadas cuando hombres fuertes gobernaban usando la violencia y la opresión”. Aunque el relator especial de la ONU sobre Libertad de Expresión y el secretario general, Ban Ki-moon, han expresado inquietud por la falta de garantías para la manifestación pacífica y han pedido al gobierno venezolano escuchar las demandas legítimas de quienes protestan, Naciones Unidas tampoco intervendrá.

En realidad, Unasur es la única que podría ejercer esta función. Su inacción hasta ahora se explica tal vez por la norma del consenso que rige sus decisiones, que en la práctica significa que todos los miembros pueden vetarlas. Al contrario del derrocamiento de Fernando Lugo en Paraguay, que suscitó una respuesta rápida y contundente, las divisiones políticas en el interior de la agrupación sudamericana dificultan llegar a un acuerdo sobre qué hacer con Venezuela. Y a diferencia del pasado, cuando Lula da Silva ejercía como líder, no hay quien lo construya. Mientras que Evo Morales y Rafael Correa carecen de legitimidad por su cercanía con Nicolás Maduro, el eventual protagonismo de Juan Manuel Santos está comprometido por la vulnerabilidad de Colombia ante lo que ocurre en su frontera con Venezuela y por el proceso de paz con las Farc.

Aunque más sutil que su antecesor, Dilma Rousseff y su veterano asesor internacional, Marco Aurelio García, convencieron a los países miembros a reunir a sus cancilleres en Chile con el fin de discutir la crisis venezolana y evaluar el papel de Unasur en la búsqueda de soluciones. Cualquier mediación tendría que contar con la aceptación de la legitimidad del mediador por las partes en conflicto, para lo cual la eliminación de Estados Unidos de la conversación es importante. Asimismo exigiría el reconocimiento por parte de la oposición de Nicolás Maduro como presidente legítimamente elegido y el de aquélla como interlocutor político válido por parte del Gobierno. Por más difícil que suene, puede que bajo un liderazgo suave pero hábil de las presidentas Rousseff y Bachelet, que encabezan el eje moderado de Unasur, algo se logre.

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