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El protagonista: la abstención

Santiago Villa
10 de marzo de 2014 – 08:35 p. m.

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La abstención no es un problema porque cambie los resultados de las elecciones, sino porque nos hace pensar que los cambia.

“Si usted no vota, después no se queje”, es la frase que se repite con frecuencia en época electoral. Si usted no participó en elegir a los alcaldes, gobernadores, presidentes, concejales, diputados o congresistas, después no se queje porque no funciona el sistema. No se queje si estos funcionarios no hacen bien su trabajo o si no lo hacen como usted quisiera. (Y si no le gusta ninguno, usted debe votar en blanco).

La exhortación, si bien delata una comprensión primitiva de lo que significa la democracia (y el derecho a disentir y a protestar), también expresa una preocupación legítima por los efectos que genera sobre el sistema democrático la no participación de los ciudadanos en los comicios.

Esta preocupación parte de la esperanza de que los resultados serían distintos si votaran más personas. Lo más probable, sin embargo, es que ésta sea una falsa esperanza. Si votara el 100% de los ciudadanos, estadísticamente es poco probable que el resultado de las elecciones fuera muy distinto al de ahora, cuando votó el 44%.

Esto no quiere decir que las elecciones no sirvan para nada, sino que este nivel de abstención no causa anomalías graves en los resultados. Sobre todo, la abstención genera y revela frustraciones psicológicas.

Hay dos motivos para ello. El primero, como dije, es pensar que un nivel de abstencionismo como el actual genera una anomalía sustancial en los resultados electorales, y que por ello es que tenemos malos gobernantes. La mejor forma para eliminar de una vez por todas esta duda es que el voto sea obligatorio. Así dejaremos de dar vueltas en círculo conceptuales cada dos o cuatro años. La reforma no genera ningún efecto nocivo, aunque tampoco va a cambiar al país, ni las tendencias de los resultados electorales. Su valor será eliminar la falacia de que el abstencionismo tiene efectos importantes sobre los resultados electorales.

El segundo motivo por el que el abstencionismo genera frustraciones psicológicas me parece más complejo e interesante de tratar, y es que pone de relieve el grado de apatía ciudadana hacia la política electoral. La gente que no vota piensa que no hace ninguna diferencia que pase el domingo yendo al puesto de votación o entreteniéndose. O quizás sea más visceral el rechazo, y quiera no votar para no legitimar el sistema actual. Sea por pereza o anarquismo, su abstencionismo no es grave por los efectos que genera (que son negligentes), sino por la enfermedad que delata en el funcionamiento de la democracia.

En momentos menos optimistas, suelo pensar que con o sin abstención, la mayoría de los ciudadanos son y serán apáticos hacia los cambios que puedan desencadenar las elecciones. Cada cuatro años se fortalece mi sospecha de que, en cierto nivel, tienen razón: el poder de un voto (o de 14 millones, en nuestro caso) para cambiar un sistema resulta, generalmente, muy exagerado por la propaganda política.

En escenarios de polarización política e ideológica extrema, como el de Venezuela, un 1% de la votación es definitivo para cambiar el rumbo de un país. Pero no es el caso de Colombia, que tiene más similitudes con democracias como la peruana o la mexicana.

En este caso, las decisiones que los ciudadanos toman durante las elecciones reflejan trasfondos familiares, económicos o emocionales, que no siempre tienen que ver con unos programas de gobierno que resultan casi iguales entre sí. Además, nadie puede conocer a todos los candidatos para saber cuál es el mejor. A lo sumo se puede tratar de atinarle al que no sea un criminal, y muchas veces nos hemos equivocado incluso en algo así de sencillo. A mí me ha pasado.

En momentos más optimistas, creo que es posible que los ciudadanos generen cambios en sus comunidades sin que deban depender de los partidos políticos, y que muchas de las ventajas que tiene la vida en una democracia se pueden aprovechar sin depositar todas las esperanzas de un cambio en los resultados de las elecciones.

En esos momentos pienso también que los grupos que hacen actividad política, pública, jurídica, comunitaria, pero que no están politizados por los partidos (o sea, los verdaderos independientes), tendrán margen de maniobra sin necesidad de que sus miembros aspiren a un cargo público. Que los anónimos pueden generar transformaciones significativas sin tener que cambiar primero el sistema. Que la democracia tiene caminos para que los chiquitos puedan trabajar al margen de los grandes rostros de las pancartas y de la confusión babélica de los tarjetones.

Toda esta reflexión sobre la democracia también lleva a muchos otros caminos, pero en esta columna comparto sólo éste: el de valorar la política que no está pendiente de los políticos.

Twitter: @santiagovillach

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