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UNO. A un lado de la Independence Avenue, entrando a Washington D.C. por el oeste, se erige el monumento a Martin Luther King Jr., una bella efigie en granito blanco, inaugurada por el presidente Barack Obama en octubre de 2011 ante varios miles de ciudadanos. La mayoría, afroamericanos.
Uno de los que estuvieron en aquel acto, de nombre Mark Williams —corpulento, menor de 30 años—, luce hoy una camiseta negra con los rostros de Obama y el legendario King con la frase: “Dare to dream”, en español, “Atrévete a soñar”. Con él, unos mil ciudadanos afroamericanos provenientes del estado de Georgia han aguardado desde hace dos días la ceremonia pública de investidura del segundo mandato de Obama, agolpados en los prados pulidos y limpios que rodean la efigie de King.
Sobre las bocacalles que irrigan la Independence Avenue abundan carros orillados de gente llegada a la capital de Estados Unidos sólo por el fin de semana para atestiguar la ceremonia, que es considerada “la gran fiesta de la democracia estadounidense”. Es tal la afluencia de visitantes que los precios de los hoteles se quintuplicaron: la noche en una habitación que en temporada ordinaria puede costar entre US$150 y US$200, durante estos días ascendió a más de US$1.000.
Williams y sus compañeros no están pernoctando en un hotel. Muchos de ellos han pasado las noches en los buses que alquilaron para venir a la capital, otros se han alojado en casas de familiares y amigos, y unos pocos más han recibido albergue en sedes de ONG dedicadas al trabajo social.
DOS. El National Mall es la explanada principal del centro histórico y político de EE.UU. Se extiende desde el Capitolio hasta el Obelisco o Monumento a Washington —una milla de distancia— y ha sido el lugar predilecto para las marchas de reclamos sociales. Rodeado de jardines arbolados, su zona dura es la tribuna común para los seguidores de Obama que han venido a verlo jurar públicamente —a 1 o 2 grados centígrados de temperatura— para su segundo período presidencial. Pero como suman casi un millón, muchos han cruzado las barreras hasta desbordarse sobre andenes y pastizales, y se han descolgado por los bordes de las avenidas Independence y Constitution, que bordean la explanada.
Desde el sábado en la noche, varias tractomulas se estacionaron a lado y lado del Mall cargando las barreras de concreto con las que segmentaron la ruta del desfile inaugural. Tres o cuatro cuadras arriba, las calles que dan acceso a la zona histórica fueron cercadas con conos fluorescentes y buses de transporte público. Y aunque eran pocas las patrullas de policía, las camionetas negras del Servicio Secreto rondaban de dos en dos todo Washington y sus conurbanos. El domingo en la tarde, en uno de los parques de Farragut North —sector comercial de la ciudad—, varios indigentes mataban el tiempo charlando y alimentando palomas. Luis Vivas, un estadounidense que reside en la capital desde hace cuatro años, me dijo: “Nadie sabe cuántos de esos indigentes lo son y cuántos son agentes encubiertos”.
TRES. Obama y su vicepresidente, Joe Biden, han jurado ya. Hasta la voz jugosa de Beyoncé entonó el himno nacional. Ha pasado el mediodía y la multitud con banderitas en la mano se ha disgregado. En una esquina, un puñado de jóvenes miembros del Partido Demócrata cantan versos autóctonos, ríen y se aplauden entre sí. En la otra, dos hombres de traje y corbata parecen discutir amistosamente —vociferan y manotean soltando carcajadas—. Todavía resuenan varias de las frases optimistas de su discurso de investidura: “Una gran nación debe preocuparse por los más vulnerables”, “no podemos aceptar que la libertad sea para unos y la felicidad para unos cuantos afortunados”, “resolveremos nuestras diferencias con otras naciones de forma pacífica…”.
Y también habló de inmigración. En una investidura con un marcado acento latino pidió avanzar en la reforma. La única jueza hispana de la Corte Suprema, Sonia Sotomayor, le tomó juramento al vicepresidente; el poeta Richard Blanco leyó un poema, y el párroco Luis León dio el sermón y una bendición en español.
Para los más incrédulos y muchos de los votantes del Partido Republicano, lo mejor de esta segunda investidura de Obama es que “nunca más en la historia del país habrá otro presidente como éste”. Para otros, menos incrédulos, Obama es un presidente “anodino, cuyo mérito ha sido decir las cosas que siempre habían querido escuchar y nadie en una década las había dicho”. Para los demócratas que han rebosado Washington, Obama sigue siendo “la esperanza”.
@cronista77