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Desde hace 24 meses Beatriz Arjona, de 48 años, junto con su esposo y siete personas más vive en una comunidad llamada Aldea Feliz, en San Francisco, Cundinamarca. Todo el tiempo comparten actividades cotidianas, pues duermen en carpas individuales, pero se bañan, se visten, cocinan, comen y leen en una casa construida mucho antes de que compraran, entre todos, este terreno.
El proyecto de constituir una ecoaldea —un asentamiento humano con un modelo de vida alternativo basado en la ecología, la relación con la tierra y el entorno social, la autosuficiencia y autosostenibilidad de los recursos— nació en el año 2000 como fruto de los sueños de un grupo de colombianos que querían reencontrarse consigo mismos y asumir un estilo de vida que les permitiera relacionarse de manera más cercana y amorosa con la Pacha Mama (Madre Tierra).
Beatriz no dudó un segundo en aceptar ser una de las coordinadoras de esta iniciativa, pues hacía varios años había abandonado su trabajo en una reconocida compañía en Medellín, para participar en la conformación de una ecoaldea llamada Montaña Mágica, en el municipio de Santa Helena (Antioquia). Pero este proyecto sólo duró unos cuanto meses, pues la convivencia se volvió insoportable y sus integrantes decidieron vender la parte del terreno que les correspondía.
Sin embargo, Beatriz y Silvio, su esposo, prefirieron quedarse y construir su propia casa, con barro y palos de madera. Durante cuatro años disfrutaron de la tranquilidad de Amandaris, nombre con el que bautizaron su nuevo hogar. “Vivíamos de lo que cultivábamos. Vendíamos mermeladas de frutas y vinos. Además dictábamos talleres de diseño de ecoaldeas y teníamos un sistema de trueque con otras comunidades de la región”, cuenta Beatriz.
A pesar de lo felices que se sentían en Amandaris, Beatriz y Silvio optaron por dejarlo todo para emprender una nueva aventura: conformar Aldea Feliz. Mientras se consolidaba el proyecto, Beatriz viajó por Alemania, Italia y Noruega visitando ecoaldeas. Cada una era completamente diferente a la otra y lo que más le impactó fue conocer que habían sido fundadas hace más de 15 años y que en ellas habitaban cerca de 100 personas. “Me impresionó que fueran comunidades tan sólidas. Lo más difícil de vivir en una ecoaldea es convivir con los demás y ellos han logrado hacerlo durante años”.
Al regresar a Colombia Beatriz quiso compartir lo aprendido con otras personas de diferentes regiones del país interesadas en este estilo de vida, incluso muchas de ellas ya vivían en una ecoaldea. Posteriormente se dio a la tarea de contribuir a la creación de una red colombiana de ecoaldeas, cuyos integrantes se reúnen todos los años para intercambiar experiencias. El próximo encuentro se llevará a cabo en enero de 2009.
Desde hace un par de meses Beatriz, de la mano de organizaciones como Acción Verde, Fundación Natura, Cuanta Producciones y Organizar, asumió un nuevo reto: organizar el Primer Encuentro Internacional Honrando la Tierra. Un evento al que asistirán indígenas, ecoaldeanos y expertos en temas medioambientales, quienes discutirán, durante dos días en la Universidad del Bosque, nuevos mecanismos para proteger nuestro planeta.
Una vez concluya el evento, Beatriz regresará a Aldea Feliz para empezar la construcción de su nuevo hogar, pues acaban de terminar de pagar el terreno. Sin embargo, no será una tarea fácil, pues como la tierra es de todos los que integran esta comunidad, deben ponerse de acuerdo para definir el diseño que tendrá cada uno de los dormitorios. “Lo que vamos a edificar es un lugar para dormir, pues en la casa principal seguiremos compartiendo el baño, la cocina y la biblioteca. Queremos vivir como una gran familia”, concluye Beatriz.