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Occidente se equivoca si cree que todo el mundo quiere estar de su lado.
La creencia en la superioridad de los valores propios ha sido fuente inagotable de equivocaciones políticas. También ha sido el combustible de muchas guerras. El fenómeno opera en una u otra dirección. Cuando afecta al liderazgo político tiene menos posibilidades de éxito que cuando reside en lo hondo de la sociedad. Por eso, más que las tropas rusas, las manifestaciones populares en Crimea son el obstáculo a vencer en la búsqueda de la paz en Ucrania.
Los medios que dominan la parte del mundo que habitamos dieron sin reservas la impresión de que, una vez derribado el gobierno pro ruso del Presidente Yanukovich, Ucrania se lanzaría en una carrera inatajable hacia los brazos de la Unión Europea. Ahora nos escandalizan, no sin razón, por la presencia descarada de tropas rusas en Crimea y muestran con asombro esa imagen de alguien agitando una bandera rusa encima del edificio del Parlamento en Simferopol. No mencionan que los Estados Unidos hicieron cosas similares varias veces en el Caribe, con el ánimo equivalente de defender la vida y los intereses de norteamericanos.
Para no hablar sino de la época contemporánea, la secuencia que no termina empezó cuando el Zar Nicolás I trató de conseguir apoyo de Austria, Prusia y Gran Bretaña para apoderarse de la parte europea del desfalleciente Imperio Otomano. La llamada Guerra de Crimea, que fue oportunidad para la irrupción de invenciones como los barcos blindados, el cableo submarino y la fotografía de los conflictos, en realidad no fue otra cosa que un ajuste de cuentas entre Rusia y las potencias occidentales, es decir Francia y Gran Bretaña, respecto del dominio sobre espacios que iban quedando expósitos con el declive del poder turco en Europa. Con el Tratado de París, en 1856, Rusia devolvió territorios como Besarabia y la desembocadura del Danubio a los otomanos y aceptó la prohibición de mantener una flota en el Mar Negro, que es el que baña las costas de Crimea, es decir hasta ahora de Ucrania, donde el puerto de Sebastopol es símbolo de control político, militar y económico de toda la región.
La revolución comunista y la Segunda Guerra Mundial ofrecieron después nuevas oportunidades de control de la Crimea por parte de los rusos. Hasta que Nikita Kruschev, ucraniano, resolvió entregar la región a la entonces República Soviética de Ucrania. Esta a su vez, al momento de disolución de la Unión Soviética se quedó con el premio de que la tierra original de los tulipanes, llevados por los Sultanes a Estambul y más tarde por otros a Holanda, fuera territorio ucraniano, ya no soviético. Entretanto se sabe que la mayoría de los habitantes de la Crimea son rusos o de origen ruso, que hablan ese idioma y son militantes de las causas culturales y políticas de los rusos porque esas son su pertenencia, su crianza, su tradición y su educación, y porque sus valores son los rusos, jamás los de la Europa occidental.
Ahí está precisamente la clave de la reacción de amplios sectores populares en Crimea, tan diferente de la que hizo carrera días antes en Kiev a favor de la aproximación a la Unión Europea. En la península se eleva, elegante y sobrio, el puerto más preciado por los rusos, porque sencillamente su control significa la soñada salida rusa al Mediterráneo. ¿Con qué ánimo quieren en París, en Londres o en Nueva York, que los habitantes de la Crimea resulten saliendo a las calles, como los de Kiev, a favor de unirse cuanto antes a la Unión Europea, en lugar de marchar detrás de banderas rusas y exigir que Vladimir Putin mande sus tropas a poner orden en la región y a evitar que los nuevos gobernantes de la capital ucraniana rompan la tradición y pongan a todo el mundo a pensar y actuar como en occidente?
Casi nadie recuerda que Rusia y Ucrania tienen firmados tratados según los cuales la primera tiene derecho a estacionar en cantidades importantes tropas, tanques y aviones, y naturalmente barcos, en la península. De manera que, bajo las circunstancias, la ocupación consiste prácticamente en sacarlos a la calle. Y conforme a la misma lógica es apenas entendible que el legislativo de Rusia haya autorizado, gustoso, a Putin para que intervenga cuanto antes.
Claro que es horrible que unas tropas extranjeras aparezcan tratando de controlar la situación en territorio ajeno, sin símbolos, con la cara tapada como malhechores, y dispuestos a aplastar a los ucranianos. Pero lo que hay en el fondo no es otra cosa que la demostración de que hay gente que cree en otras cosas. Que no cae subyugada a la carrera bajo el atractivo de los valores y los símbolos de una cultura ajena. Porque tiene su propia forma de ver la vida y el mundo, conforme a otras tradiciones. Claro que es una tragedia y que lo que viene puede ser desastroso. Pero debemos reconocer que hay gente que tiene su alma en otro lado.