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La creación de un área protegida en Colombia representa un obstáculo a lo que actualmente se denomina desarrollo.
Podría convertirse en una oportunidad de ser sostenible, solo cuando existan diseños teóricos que puedan probarse y funcionen. Actualmente esta visión aún carece de una instrumentación legal robusta que evite los malentendidos acerca de lo ambiental y termine en una acostumbrada referencia circular.
A pesar del escenario espléndido del encuentro de aguas de origen andino y de origen amazónico, el escenario Ramsar de la Estrella Fluvial está atado a la realidad de Inírida. La maleabilidad de las instituciones, la supervivencia de los habitantes, la concepción de turismo en el país y el poder del territorio serían los temas sobre los cuales podríamos juzgar y aplaudir promesas de cartera ministeriales.
El respaldo institucional del área es insuficiente. Se sabe que hay que conservar, pero no se sabe muy bien cómo. En el caso nacional, las corporaciones, a pesar de sus garantías presupuestales, permanecen débiles ante cualquier directriz política de interés nacional, se ajuste o no a los ideales de lo sostenible. Mientras tanto, el apoyo extranjero representado en varias ONG intenta aplicar programas exitosos en el mundo, que generalmente carecen del contexto regional compatible con el conservacionismo.
Aparte de las chagras, la pesca y la minería artesanales son las actividades de supervivencia de los habitantes de este contexto Ramsar. En cuanto a la ictiofauna, las tallas históricas son testigo de grandes hazañas de pesca que son actualmente leyenda. La migración incentiva la pesca insostenible y la competencia por el comercio ilegal de peces ornamentales para tráfico ilegal tipo exportación. A su vez, la minería aurífera adorna sutilmente el ascenso por el río Inírida hacia los Cerros de Mavicure. Las dragas manipuladas por población indígena no descansan en la búsqueda de los gramos fundamentales para el mercado bursátil. Cuando lo artesanal sea insuficiente, habrá que desviar más ríos.
A lo anterior se suma un problema de “desarrollo básico”: la expansión urbana. La convergencia de los ríos delimita el área y encierra lo urbano de Inírida correspondiente a un 5% entre resguardos indígenas, razón suficiente para impedir una licencia de construcción por fuera. Esta situación no garantiza el turismo clásico, ¿donde quedarían las inversiones privadas, los hoteles cinco estrellas y los finos licores? ¿Se reemplazaría por compartir la dieta de casabe y pescao moquiao, la presencia de dípteros y reptiles en el entorno y la ausencia de aire “acondicionado”?
La estrella fluvial ya es un epicentro: de comercio ilegal de ictiofauna y de minería. Tal vez se pueda restringir la explotación de oro allí, pero no el transporte de lo explotado por subversivos en áreas circundantes.
Lo ideal sería no confundirnos con el desarrollo tan fácilmente. La industria no es el quehacer en la estrella fluvial. El crecimiento podría estar en el ingenio hacia un turismo nómada. La fijación es el patrón para borrar, incluso sin hablar de turismo.
*FABIO ÁVILA