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Nuestra existencia adquiere sentido cuando tenemos el valor de estar al servicio de los demás. En esta circunstancia, la grandeza y la generosidad que habitan en el corazón humano se convierten en cascadas de fuerza y amor.
Por el contrario, nuestro acontecer pierde sentido si imaginamos que estamos solos, que a nadie le importamos, que la vida es una lucha dura por la supervivencia. En este caso, el miedo al dolor, al fracaso y a la muerte desintegra la confianza y la nobleza que vive en nosotros.
Resulta doloroso ver que muchas personas, al perder la fe en el amor, se dedican a buscar compulsivamente el poder y, peor aún, el abuso del poder.
La historia nos ofrece suficientes testimonios de cómo sus vidas se ven envueltas, por ejemplo, en situaciones sórdidas que tienen que ver con su sexualidad, en escándalos de corrupción, en oscuros complots contra la vida o los bienes de sus “supuestos” enemigos. Además, como si fuera poco, sabemos que llegan a extremos insospechados de depravación en los que las vejaciones ocurren con total impunidad.
La ambición de poder funciona como una droga que no sólo anestesia los miedos mas recónditos, sino que conduce a quienes la consumen a fantasear con ser dueños de un privilegio, en el cual los limites de la ética y de la moral desaparecen. Los adictos al poder viven para dominar y someter a sus caprichos a quienes los rodean. Sus vidas, vacías de sentido, se aferran al placer de someter que niega el valor y la grandeza.
En este orden de ideas, acomodan cualquier situación para lograr su propio provecho y, si son gobernantes, llegan hasta reducir al hambre a naciones enteras y, al mejor estilo de los emperadores romanos o de los señores feudales, consideran la muerte, la ignominia y la pobreza de los demás como efectos colaterales, necesarios a su autoafirmación.
En síntesis, el miedo enmascarado en la ambición de poder sólo conduce a la destrucción del ser particular y de la humanidad en general. Si rechazamos este camino y, en cambio, nos proponemos revisar honestamente nuestras fortalezas y debilidades, evaluar el peligro al que nos enfrentamos y desencadenar la creatividad suficiente para encontrar soluciones, abriremos la puerta de la confianza en la vida.
Si, adicionalmente, desarrollamos la humildad suficiente para pedir ayuda y despertarnos a la solidaridad de otros, dotamos de sentido su existencia y la nuestra. Pero, sobre todo, si aceptamos que no somos eternos y que, por lo tanto, la oportunidad de hacer el bien es ahora o nunca, liberaremos un valor y una pasión sin límites.