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El país debería conocer más acerca de sus carnavales y de las lecciones que para la democracia podemos extraer de estas prácticas festivas que Goethe definió como “la fiesta que el pueblo se da a sí mismo”.
Algunos carnavales con una amplia raigambre histórica, como el de Santa Marta y otras localidades del Caribe colombiano, han venido apagándose hasta casi desaparecer, opacados por reinados y festivales que tienen un fin simplemente comercial o están dirigidos sólo a la actividad turística. Sin embargo, a diferencia de los festivales, que involucran usualmente a un sector de la sociedad alrededor de la música, las artes, la cocina o las danzas y que pueden realizarse en recintos cerrados, el carnaval es una fiesta pública que concierne a toda una sociedad, cuyo espacio principal de interacción es la calle, que permite la escena abierta y móvil de los desfiles, mojaderas y bailes populares. Dentro del carnaval el ciudadano anónimo tiene la oportunidad de transformarse durante el tiempo festivo en un héroe, en autoridad transitoria o en un gran personaje social.
Otros carnavales, como el de Riohacha, se mantienen con vigor. Aunque menos conocido que el de Barranquilla, es más antiguo y ello es corroborado por las fuentes históricas coloniales y republicanas. Henri Candelier, un viajero francés que estuvo en el Caribe hacia 1889, decía que “el carnaval tiene también en Riohacha mucho atractivo. Es todavía una moda observada: la gente más seria, ancianos padres de familia participan y la naturaleza de bromas va más allá, para nosotros los europeos, de los límites y licencias permitidos. De domingo a martes de carnaval cada uno puede actuar según su fantasía y dar curso a su imaginación”.
El carnaval allí es percibido como un juego y aún hoy quienes participan en el carnaval de Riohacha emplean la expresión “jugar carnaval”. Si bien el carnaval es un exceso permitido y sus desbordamientos están en su propia naturaleza, como todo juego tiene reglas propias de un orden singular. Anteriormente, las madres enseñaban a sus hijos las reglas de la mojadera: “los niños se mojan entre niños, los mayores entre mayores; es deseable que las mujeres mojen a los hombres y viceversa, o se mojen entre amigos; no es recomendable mojar a desconocidos”.
Figuras centrales son las reinas del carnaval. A ellas se les exigen requisitos que no se les piden a quienes se postulan a cargos públicos. Deben ser competentes para el cargo y probarlo, tener la actitud apropiada para éste y disponer de un equipo eficiente y leal para cumplir con sus agobiantes tareas. ¿Sabe usted bailar la cumbiamba o el pilón? ¿Puede mostrar alegría en todo momento? ¿Tiene una buena comparsa? Ningún dinero del mundo compraría a una junta si la reina no sabe bailar. Quizás sería mejor la suerte de muchos países latinoamericanos si a quienes aspiran a cargos de elección popular se les seleccionara con los mismos criterios que les aplicamos a las reinas del carnaval.
Weildler Guerra Curvelo
weildlerguerra@gmail.com