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(Otra) respuesta de un embajador

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Sin argumentos y sólo con epítetos ofensivos, Juan Vásquez me dedica la columna “Respuesta a un embajador” (El Espectador, feb. 21/14), en claro ejemplo de lo que es el uso viciado de un espacio de opinión: el columnista se muestra intolerante con la réplica, el argumento que lo contradice, y sólo hace válida su propia visión, partiendo de la desinformación y llevando la discusión, con prepotencia, a un ámbito personal.

Vásquez no responde, ni hace referencia, a uno de los planteamientos centrales de mi carta de réplica que motiva su columna: es inadmisible que se realicen “chuzadas” de los correos electrónicos del presidente Correa y no es éticamente correcto que Bonil defienda a los presuntos perpetradores de ese delito presentándolos como víctimas. En cambio, prefiere ahondar en ciertos calificativos —que por ser lugares comunes en la redacción periodística resultan vacíos de contenido—, dirigidos contra el presidente y contra mi persona.

Todo esto demuestra que para Juan Vásquez esto de escribir sobre Ecuador es cuestión de consignas: no sabe mucho y, al parecer, tampoco quiere saber, pero repite lo que afecte negativamente al gobierno, sin que le importe la verdad y sin respetar a su interlocutor. Este tipo de prácticas y conductas propician la tiranía mediática que ha sido necesario enfrentar en Ecuador, desde la ciudadanía, con una ley de comunicación democrática y equilibrada.

Invito al columnista a que conozca sobre Ecuador y a que abandone el juego maniqueo: en nuestro país no hay periodistas presos por sus opiniones, ni medios cerrados a causa de su labor periodística, ni periodistas asesinados por razones políticas. Lo que sí hay es una estructura legal legítima, con gran apoyo ciudadano, para procesar administrativamente el reclamo contra un medio, ordenar una rectificación frente a aseveraciones falsas y lesivas, e imponer una multa proporcional y manejable que no recae sobre el periodista sino sobre la persona jurídica, entendiendo que la libertad de expresión es un derecho fundamental, tal como lo es el derecho a la honra y a la reputación.

Raúl Vallejo.

Embajador de Ecuador.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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