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De la relación entre Paco de Lucía y Colombia quedan pruebas poderosas, una de ellas en forma de pieza.
Se llamó Monasterio de sal, clara referencia al asombro que le causó al guitarrista gaditano la Catedral de Sal de Zipaquirá. De Lucía incluyó esta pieza en los dos trabajos inéditos que lanzó en 1981 (Sólo quiero caminar y Castro Marín), y también en el compilado Entre dos aguas, de ese mismo año.
Contaba el guitarrista en los créditos de una de esas producciones que Monasterio de sal era un tema cifrado en el género flamenco de las colombianas, “ritmo nacido durante la época en que España comandaba Suramérica, luego reintroducido a España”. Pese a que cualquier estudioso del flamenco con argumentos desmentiría a De Lucía de un plumazo (el cante por colombianas fue creación del cantaor Pepe Marchena, quien lo bautizó de esa manera por puro antojo), la idea de homenajear a Colombia por colombianas es, más que poética, digna de agradecimiento.
Así nació una relación de largo plazo y, sobre todo, de mucho amor, entre Paco de Lucía y el público colombiano. No siempre, hay que decirlo, estuvimos a la altura de su grandeza. En más de una ocasión, ante la segura mirada compasiva del algecireño, fue antecedido en el escenario por una que otra espantosa tuna. Y son de recordar también el infortunio, las peleas y el desinterés del público en una presentación privada en 1995 en el Teatro Colón, contratado por el club de suscriptores de una revista que lo había puesto a telonear a un mago local.
Es un hecho, eso sí, que en Colombia lo vimos en sus mejores momentos justo en esa década. Hacia 1992, la suerte nos lo trajo con la nómina original de su legendario Sexteto, con Jorge Pardo en saxofón y flauta, Carles Benavent en bajo, Rubem Dantas en percusión y, para gloria de quienes los quisieron ver juntos alguna vez, sus hermanos Ramón de Algeciras en segunda guitarra y Pepe de Lucía en el cante. Luego, hacia 1998, en pleno estreno de su trabajo Luzía, la familia había sido reemplazada respectivamente por José Jiménez “El Viejín” y por Juan Cortés “Duquende”, cantaor de la estirpe más cercana posible a Camarón de la Isla, aquel cantaor cuya pérdida temprana siempre lamentó De Lucía, su ad látere en la guitarra.
El 2 de diciembre de 1996 resultó ser otra fecha providencial. El gaditano hizo su arribo a Bogotá integrando el legendario Guitar Trio, al lado del norteamericano Al Di Meola y del británico John McLaughlin. En ese entonces este servidor reseñaba, para este mismo diario, a “un De Lucía ostentoso de sus complejidades flamencas” en un concierto con sonido de jazz y música del Brasil.
Muchas variantes, noches mejores unas que las otras, pero un afecto enorme que se prolongó en vivo hasta el pasado 24 de octubre, cuando Paco de Lucía presentó en sociedad, como siempre en el Palacio de los Deportes, a su nuevo Sexteto. Incluso en esa ocasión, como si se tratara de uno de los momentos esperados de sus visitas a Colombia, se dio a repetir ese viejo chiste que siempre, siempre, hizo en nuestros escenarios: el responder al grito emocionado de “¡Pacooo!” de algún fanático, sin levantar la mirada de su guitarra, con un profundo “¡Quéeeeeee!”.
*Jaime Andrés Monsalve, Jefe musical de Señal Radio Colombia.