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La mafia de los testigos

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Solía ocurrir que en la penúltima escena los subalternos del fiscal aparecían en la sala de juicios con el testigo que lo había visto todo, que lo sabía todo, que lo iba a contar todo, y entonces uno anhelaba que se fuera a hacer justicia.

Y se hacía. El testigo desentrañaba el enredo enfrente de los jurados, del fiscal, del abogado defensor, del público, de los periodistas, y lo que antes había parecido, ya no lo era. Daba nombres, fechas y hechos. El inocente de antes, el filántropo poderoso hombre de mundo, resultaba ser el culpable de un fino asesinato. Uno salía confortado del teatro. Tranquilo, seguro de que en el mundo siempre prevalecería la verdad.

Sin embargo, aquella verdad no era la verdad de la vida real. Comenzó a trastocarse un día en la escuela, cuando un compañero fue citado como testigo de un conflicto cualquiera, uno de aquellos conflictos de adolescencia. El muchacho mintió. Era el testigo y había mentido. Los testigos, comprendí entonces, tal vez algo tarde, podían mentir. Podían mentir y mentían, y con sus mentiras tergiversaban la verdad y condenaban a los inocentes. Con sus mentiras cambiaban el rumbo de las sentencias, que era como decir el rumbo de las certezas. Al inocente lo volvían culpable, y al culpable, inocente.

El implicado aquel de la escuela, acusado de unos cuantos robos de mediana cuantía, salió indemne de las acusaciones en su contra. El testigo mintió, sí. Todos supimos que mintió, como también supimos luego, algunos años más tarde, que había recibido parte del botín de los robos a cambio de su testimonio, y que hizo de los testimonios, de los falsos testimonios, su forma de vida. En un principio, contaban, merodeaba los juzgados de la 13 y los de Paloquemao en busca de abogados. Con el tiempo se hizo socio de varios de ellos. Al comienzo era él quien testificaba lo que necesitara aquel que le pagaba. La tarifa variaba según el cliente y el caso. Como mínimo, 100 mil, y desde ahí hasta 5 o 10 millones.

Testificaba, por ejemplo, que la noche del 7 de septiembre había visto a don Fulano de tal en el restaurante Equis, en compañía de una mujer rubia y voluptuosa: la perfecta coartada para un presunto homicida. O que él mismo le había presentado a Fulano de tal la rubia voluptuosa que lo acompañaba la noche del crimen. La Rubia fue una de sus primeras empleadas, un comodín para inventar y decorar la escena requerida. Después fue su primera testigo dentro de la red de testigos que organizó, un cartel que requería de muchos personajes de todos los colores, edades, sexos y culturas: la mafia de los mentirosos.

Él los buscaba porque un socio se los recomendaba, porque un empleado le comentaba que el primo requería de un trabajo, el que fuera, o porque directamente, una mujer le imploraba por un contrato. Se servía de los marginales, de los “humillados y ofendidos”, de los necesitados. En fin, de la miseria que ha vuelto poderosos a unos pocos. Los entrenaba, les enseñaba las artes del engaño, el don del embuste. De sus testimonios se infestaron decenas y cientos de procesos judiciales. Ya nunca nadie pudo volver a saber quiénes eran los culpables de nada, ni quiénes fueron los responsables de que los inocentes terminaran, termináramos, convertidos en eternos sospechosos.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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